11 de agosto 2026

    11.Y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.1 Jn.2:1

    El apóstol Juan llama a los creyentes “hijitos míos”. Los amonesta a no pecar, pero al mismo tiempo considera que es posible que pequen. “Y si alguno hubiere pecado…” ¿Qué debe pensar y hacer? El apóstol declara que esa persona tiene un abogado defensor ante el Padre, y que debe recordar eso en tales momentos. “Abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”.

    El apóstol quiere decir: Hijitos míos, les escribo estas cosas a fin de que no pequen ni se descuiden. Han sido limpiados en la sangre de Jesucristo, por la fe en Él; han recibido el perdón y ahora deben velar, orar y luchar contra todo pecado. Pero debido a nuestra debilidad carnal, la seducción del mundo y las acechanzas del diablo, pueden caer en pecado. Esto es muy lamentable, pero ocurre fácilmente”.

    Nunca podemos cuidarnos lo suficiente como para que los enemigos de nuestras almas no nos derriben una y otra vez. Es mucho mejor no caer en pecado, para no provocar el repudio y el rechazo de Dios. Sin embargo, no ocurrirá esto con los creyentes. Dios no nos repudiará, porque tenemos un Abogado defensor, que nos defiende cuando hemos pecado.

    Porque quien no pecó, no necesita Abogado defensor ni Mediador ni Redentor. Sin dudas, Dios no quiere que pequemos. Pero menos aún quiere que desesperemos y nos perdamos. Por eso, Él mismo nos consiguió un Abogado defensor.

    San Juan dice también que Jesucristo es “el Justo”. ¿Qué quiere darnos a entender con esto? Lo siguiente: Si nosotros somos pecadores, Cristo es Santo y Justo, y eso es suficiente. Porque Él cumplió la Ley por nosotros, su Justicia es la nuestra: “Él es la propiciación por nuestros pecados. Y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Jn.2:2). ¿Propiciación o sacrificio por los pecados de quién? Sin ninguna duda, por los pecados de todos, porque de otro modo no nos serviría. Cristo ciertamente expió con su sangre no solamente algunos pecados, sino todos; no solamente pecados imaginarios e irreales, sino los verdaderos; y no sólo los “pequeños”, sino también los graves y grandes. No sólo propició por los pecados de la mano o de la lengua, sino también por los del corazón y de la mente. Él nos redimió no sólo de los pecados del pasado, sino también de los presentes. O como dice Lutero: “No sólo de los que ya hemos superado y dejado de lado, sino también por los que todavía son fuertes y nos afligen”. Tal vez pienses: “Sí, Cristo pudo haber pagado los pecados de San Juan, San Pedro y San Pablo, y de otros como ellos. Pero, ¿cómo saber si también pagó los míos?” Por eso San Juan dice expresamente: “No solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”. Y “todo el mundo” comprende a San Juan, San Pedro, San Pablo, a otros santos, y también a todos los demás seres humanos, que pertenecen al mundo. Si eres un ser humano, puedes estar seguro de que Cristo propició también por tus pecados, y que borró tu cuenta con su muerte.

    Pero probablemente todavía dudes pensando que no debemos consolarnos con esto, a no ser que seamos piadosos y hagamos lo que la Palabra de Dios nos manda, y no volver a pecar. Pero el apóstol dice exactamente lo contrario: “Y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre” ¡Prestemos mucha atención! La importancia y el valor de este texto descansan en esa condición: “Si alguno hubiere pecado”. Gustosamente aceptaríamos la gracia de la reconciliación, pero sólo después de habernos convertido en personas mejores y más devotas (según nuestra opinión). O, si hemos orado, meditado o hecho algo meritorio. Pero tan pronto como sufrimos una caída y pecamos, o descuidamos la oración y nos volvemos negligentes -cosas que son graves pecados- entonces no dejamos que la redención de Cristo valga. Actuamos como si no tuviésemos ningún Salvador o Abogado; como si Él existiese sólo para los justos, o como si quisiera servirnos sólo cuando somos lo que debiéramos ser. Sin embargo, el apóstol dice aquí exactamente lo contrario; que es precisamente cuando hemos pecado, que Jesucristo desea ser nuestro abogado. La consecuencia de esto es que los que creen en Jesucristo, viven en un perpetuo estado de gracia. Un estado que no pasa ni cambia, como cambia nuestra piedad personal.

    Esta es la doctrina del cotidiano y eterno perdón de los pecados. Doctrina que ha sido revelada a través de la Palabra de Dios. Se trata de una enseñanza tan dulce y tan llena de consuelo, que no se le debería permitir a ningún hipócrita o cristiano falso que la oiga. Pues esto suele ocurrir sólo para su perdición, porque “convierten la gracia de Dios en libertinaje” (Jud.4).

    Sin embargo no tenemos permiso para permanecer en silencio. No, debemos proclamarla para el consuelo y la salvación de los pobres corazones, destruidos y desesperados. De la sobreabundante gracia esos corazones pueden obtener renovada voluntad y fuerza para la santificación. Por otra parte, quienes abusan de esta enseñanza, como una razón para seguir tranquilos en sus pecados; o sea, quienes no tratan de evitar y vencer el pecado, y prefieren defenderlo y excusarlo, tales personas convierten la gracia en libertinaje, y se hunden cada vez más en pecado. Con respecto a ellos, el mismo dulce apóstol Juan dice: “El que practica el pecado es del diablo”. Y sigue diciendo: “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar (seguir practicando pecado), porque es nacido de Dios”.

    “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn.3:9; 1 Jn.1:8,9).

    Publicado por editorial El Sembrador