11.Habla a toda la congregación de los hijos de Israel, y diles: Santos seréis, porque santo soy yo, Jehová, vuestro Dios.Lv.19:2
Todo lo que la Palabra de Dios nos dice con respecto a cómo debemos ser y qué debemos hacer, tanto las cualidades internas como las acciones externas, pertenece a la Ley de Dios.
Si bien la Ley de Dios también abarca nuestros cuerpos, ella se dirige a nuestros corazones, pensamientos y deseos. Los Mandamientos no dicen: “Que tu mano, tu pie o tu lengua no haga esto y aquello…”, sino que dicen: “No hagas –tú- esto ni lo otro”. O sea: Que todo tu ser obedezca.
Tomemos por ejemplo el Primer Mandamiento. ¿Acaso no demanda todo tu corazón, toda tu alma, toda tu mente, y todas tus fuerzas? (Mr.12:30).
Pensemos qué significa eso: Que sobre todas las cosas hemos de temer y amar a Dios, y depositar toda nuestra confianza en Él. Temer a Dios sobre todas las cosas significa que mi alma ya no puede sentirse carnalmente segura; ni sea insensible o indiferente frente a Dios; si le temo, ya no puedo pecar despreocupadamente, y antes de obrar contra la voluntad de Dios y ofenderle, preferiría sufrir cualquier cosa, aun la misma muerte.
“Temer a Dios sobre todas las cosas” significa velar y luchar realmente contra el pecado, con todo celo y fervor. No es velar, orar y luchar durante cierto tiempo y después aflojar y ceder ante el pecado; sino velar, orar y luchar siempre, sin interrupción.
“Amar a Dios sobre todas las cosas” significa no permanecer insensible ante Él, ni frío ni negligente para orar y meditar en su Palabra; sino relacionarse con Él con la mayor alegría. Significa tener el mayor placer en pensar y hablar de Él. Amar a Dios es hacer con alegría todo lo que nos manda; y sufrir todo lo que Él nos imponga, confiando que nos disciplina porque nos ama, como un padre a un hijo.
“Confiar en Dios sobre todas las cosas”, demanda verdadera fe en Él, y excluye toda confianza en uno mismo o en los demás. Excluye toda presunción y soberbia, y también toda desesperación, preocupación, incredulidad y duda.
En resumen, recorriendo todos los Mandamientos de Dios, vemos que no demandan esta o aquella acción aislada; ni solamente la obediencia de la mano, el pie, la lengua o algún miembro del cuerpo, sino de toda la persona. Jesús explica en Mt.5 que Dios acusa de asesino al que tan sólo se enoja contra su prójimo; y de adúltero, al que tan sólo mira una mujer con deseos impuros.
La Ley de Dios no se limita a demandar ciertas obras externas. No solamente nos dice, que debemos hacer. Sino que ante todo demanda nuestro ser interior, una buena disposición interna, buenas cualidades espirituales. Nos dice, como debemos ser.
Lo que Dios dice con respecto a nuestro estado mental y espiritual natural, también pertenece a la Ley. Cuando censura nuestra indiferencia y arrogancia frente a su Palabra, nuestra pereza e incredulidad para orar, etc., nos está reprendiendo con la Ley. Pero eso no es todo. Lo que Dios nos exige en primer lugar son justamente las inclinaciones de nuestro ser interior; la plena consagración de nuestro corazón y todas las facultades de nuestra mente.
Aunque exteriormente seamos muy piadosos, practicando la caridad y absteniéndonos de los vicios, pero tenemos pensamientos y deseos malos, Dios nos juzga y condena igual que a los que cometen abierta y descaradamente los pecados que nosotros solamente imaginamos y deseamos.
Por eso, si nos portamos bien, obligados por la Ley, por miedo a sus amenazas, o por interés en sus promesas, no podemos agradar a Dios. Dios es justo y santo; y así es su Ley, que es una expresión verbal de su santa voluntad. Y así quiere que seamos también nosotros. Lo que Él ama, deberíamos amar también nosotros. Él quiere que nosotros aborrezcamos lo que Él aborrece. No puede aceptar que despreciemos y odiemos lo que Él ama; ni que amemos lo que Él repudia. Es imposible que Dios apruebe el pecado, o se asocie con el diablo; y por eso es imposible que Él nos permita pecar, o asociarnos con el demonio.
Por eso se pone a Sí mismo como ejemplo, demandándonos que seamos santos y perfectos como Él, diciendo: “Santos seréis, porque santo soy Yo, Jehová vuestro Dios”. Y Jesús dice: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mt.5: 48).
¡Ah, qué equivocados están los que dicen: “Dios no puede demandarnos más de lo que somos capaces de hacer”! Si Dios no nos demandase más de lo que los seres humanos pecadores somos capaces de hacer, tampoco “se cerraría toda boca”, ni “todo el mundo quedaría bajo el juicio de Dios” (Ro.3:19); y “por demás habría muerto Cristo” (Gá.2:21).