10 de septiembre 2026

    10.He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.Jn.1:29

    Juan Bautista fue el precursor de Cristo. Había sido enviado por el Padre para manifestar al Hijo y anunciar su obra al mundo. En cierta ocasión, cuando vio venir a Jesús, exclamó: “¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” Este es el maravilloso mensaje central acerca de la verdadera misión de Cristo en la tierra. Y al proclamarse este mensaje, bien valdría la pena tocar todas las campanas del mundo. En algunas iglesias se suele cantar estas palabras en la liturgia de la Santa Cena. Repitiendo tres veces: “¡Oh Cristo, Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo..!” Meditemos, pues, devotamente en este texto…

    San Juan llama a Jesús “Cordero de Dios”, con lo que nos recuerda los corderos que se habían ofrecido en forma simbólica en los servicios religiosos instituidos por Dios, en el Antiguo Testamento, en Israel. Los más notables de esos servicios religiosos eran los de la Pascua, cargados de ceremonias simbólicas. Todos los años se sacrificaba un cordero en cada casa y en todo el país. Pero, aquí en el Evangelio, San Juan no sólo dice “un cordero”, sino en forma bien definida “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Así parece que se remite en forma muy especial a Isaías 53:7, donde el profeta habla del mismo tema y emplea el mismo término de nuestro texto. Isaías no solo dice ahí que Cristo sería como un “Cordero llevado al matadero, y como oveja delante de sus trasquiladores, que enmudeció y no abrió su boca”; también dice que “llevará las iniquidades de ellos”, de los pecadores de todo el mundo (v.11). Ahí encontramos las significativas palabras: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros” Y: “Mas Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (vs. 5-6). Todas esas verdades San Juan ahora las resume aquí con esta breve y preciosa frase, cuando señala a Jesús y exclama: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.

    Pero ¿qué es lo que ocurrió realmente? Porque es obvio que en todas partes todavía hay mucho pecado, y nosotros mismos sentimos que todavía somos pecadores. Recordemos que San Juan habla acá de un “quitar” que se concreta a través de un sacrificio.

    Los sacrificios del Antiguo Testamento solo simbolizaban ese “quitar” transfiriendo la culpa y el castigo de las personas culpables al animal inocente, allí sacrificado. También Isaías enseñó esto al decir: “Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros” Y: “Él herido fue por nuestras transgresiones… el castigo de nuestra paz fue sobre Él” (Is.53:5-6b).

    Ni estas palabras ni el acto simbólico de los sacrificios hablan de un “quitar” la corrupción misma del pecado. No, sólo declaran que el castigo y la culpa fueron transferidos y cargados sobre la víctima.

    Pero bien aclara Isaías: “El castigo de nuestra paz”. Así dice también la Epístola a los hebreos, es decir que no debemos llevar más nuestros pecados sobre nuestras conciencias, porque el sacrificio de Cristo realmente los quita (He.9:14).

    Para librar nuestras conciencias de la culpa por nuestros pecados ahora sólo hace falta creer y aceptar lo que Cristo, el Cordero de Dios, ha logrado. O sea, que es una cuestión de fe. Depende sólo de que creamos. En la obra redentora de Cristo no faltó nada. Ahí no quedó nada incompleto. Con el sacrificio de sí mismo, el Cordero de Dios efectivamente quitó el pecado del mundo. Si el pecado todavía descansa sobre nosotros, si aún no tenemos paz con Dios ni una conciencia limpia, entonces toda la falta está únicamente en nosotros, que todavía no creemos el testimonio de Dios referente a su Hijo. Dios nos asegura que: “cargó en Él el pecado de todos nosotros” (Is.53:6). Aquí debemos ver qué es la fe salvadora, y también qué pecado condenador es la incredulidad.

    Con este texto ante nosotros vemos que la fe es algo tan sencillo como aceptar por cierta la palabra acerca del Cordero de Dios, que quita el pecado de todo el mundo. O como dice textualmente el profeta, que: “Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros”.

    Nuestra plena libertad de la culpa y condenación del pecado -frente a Dios y a nuestra propia conciencia- depende de esta simple verdad: Si se quita algo de un lugar y se lo coloca en otro lugar, ya no está más donde estaba antes. Si nuestros pecados fueron quitados de nosotros y puestos sobre el Cordero de Dios, ya no están más sobre nosotros. Si Jehová depositó nuestros pecados en el Cordero de Dios, si se los imputó a Él y lo castigó por ellos a Él, ya no quedaron en nuestra cuenta. Es cierto que nosotros los cometimos, y que transgredimos con ellos la Ley de Dios. Pero en su inescrutable piedad hacia nosotros Dios nos libró de los mismos y se los impuso a su Cordero. Por eso es seguro que ya no nos los imputará a nosotros.

    Lutero dijo al respecto las siguientes palabras, tan ricas en consuelo: “El Señor Dios dijo: ‘Sé que para ustedes es demasiado pesado cargar con sus pecados. Pues bien, por eso se los voy a quitar a ustedes e imponérselos a mi Cordero. Confíen en esto, porque si lo creen, quedan libres de sus culpas y castigos.’ Hay sólo dos lugares donde pueden estar los pecados: O están con ustedes, ligados a ustedes. O están con Cristo, cargados sobre el Cordero de Dios. Si descansan sobre los hombros de ustedes, están perdidos. Pero si descansan sobre Cristo, ustedes están libres y son salvos. ¡Elijan ahora lo que quieren! Sería justo y correcto que permanezcan sobre nosotros. Pero, por su inmensa piedad Dios se los cargó a Cristo, su Cordero. Si no lo hubiese hecho así, y si Él hubiera querido entrar en juicio con nosotros, estaríamos irremediable y eternamente perdidos”.

    Publicado por editorial El Sembrador