10.Porque el que come y bebe indignamente, juicio come y bebe para sí.1 Co.11:29
Uno de los peores errores en cuanto a la santa comunión, es pensar que, mediante una así llamada “preparación cristiana”, cualquiera que lo desea puede llegar a ser un comulgante digno en la Cena del Señor, sin importar si es un verdadero amigo y discípulo de Jesús, o no.
También es un terrible error pensar que quienes durante toda su vida pertenecieron a la multitud de inconfesos, puedan concurrir dignamente a la cena del Señor después de una presunta “preparación adecuada” para la ocasión. ¡Este terrible error debe hacer que se paren los pelos de todo sincero creyente!
¿Dónde hay siquiera una sola palabra en toda la Escritura sugiriendo algo así? ¿Dónde dice que los que no fueron convertidos al Señor, los que no son ni amigos ni discípulos de Cristo ni viven todos los días en su gracia, sólo deben “prepararse” para la Cena del Señor y así hacerse dignos de ella?
¡Ah, que se prevenga claramente de este error, y que todos los que tienen oídos para oír, oigan! ¿Podría Cristo dejarse engañar por una ocasional preparación, por una piedad adoptada circunstancialmente, y considerarnos sus “amigos”? ¿Podría el Santo dejarse engañar de tal manera por una piedad, un remordimiento, una confesión de pecados y una oración forzados, y ni bien nuestra comunión ocasional queda atrás, volvamos a la misma vida mundana de antes? ¡Que Dios tenga piedad de nosotros, y despierte a todos los maestros de su sueño, si no le avisan esto honestamente a su pueblo!
¿Acaso no deben proclamar la verdad con honestidad, y aclarar que para ser un comulgante digno sólo hace falta ser amigo y discípulo de Jesús para toda la vida, o al menos desear serlo? Nadie llegará a ser un comulgante digno mediante una preparación ocasional, sino sólo mediante una conversión total, por la cual uno llega a ser amigo y discípulo de Cristo para toda la vida.
Si eres eso, eres un comulgante digno. Si no lo eres, eres indigno. Nadie debe confiarse en una preparación ocasional. Al contrario, debe saber que con limitar su preparación sólo para esa ocasión “come y bebe juicio para sí”.
Aunque uno se preparase con tanto empeño que permaneciese de rodillas no sólo por un día, sino por toda una semana y aun por un mes, y se bañara con lágrimas de penitencia durante todo ese tiempo… seguirá siendo un comulgante indigno. Comerá y beberá juicio para sí, si se propone prepararse sólo para la comunión, sin querer llegar a ser propiedad del Señor para toda la vida, quedando y viviendo bajo Él en su Reino. Jesús instituyó su Santa Cena para sus amigos. La sincera unión que se produce entre Cristo y sus fieles en la Santa Comunión, está mencionada en su oración sumo sacerdotal, en la misma noche en que instituyó la Santa Cena él dijo: “Que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros… Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad” (Jn.17:21-23). Y en esa oración agregó: “Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste” (v.9).
¿Cómo sería posible que rogase ahí por el mundo, que invitase al mundo a celebrar la memoria de su muerte? ¿Cómo habría de invitar a los que lo despreciaron a comer su carne y a beber su sangre?
Ah, es terrible pensar en lo que significa que un ser humano viva todos sus días “sin Dios en este mundo” (Ef.2:12); que pueda sentirse bien sin Él, pero (por ejemplo), participe una vez al año en la Santa Cena -en esa sublime reunión de amor que Jesús celebra con sus amigos- pretendiendo mostrar con eso, una muy sincera amistad con Jesús, a fin de retornar inmediatamente después a la misma vida vana e impía de antes. ¿Acaso no es esto lo mismo que hizo Judas, cuando se acercó a Jesús en el huerto y lo saludó diciendo: “¡Salve, Maestro!” y lo besó? (Lc.22:47). No le dirá el Señor a cada uno de esos comulgantes: “Amigo, ¿a qué vienes? ¿Con un beso entregas al Hijo del Hombre? (Mt.26:50; Lc.22:48).
¿No debería temblar todo su cuerpo y horrorizarse su alma quien pretende acercarse a Dios con esos pensamientos? ¿Es que no entiende que el majestuoso y santo Dios le dirá: “¡Hipócrita! ¡Conozco muy bien tus obras! ¡Tú no eres amigo mío, sino del mundo! ¿Por qué vienes aquí donde mis amigos celebran la memoria de mi muerte? Sé que mañana volverás a servirle al mundo y al pecado. ¡Apártate de mí, hipócrita atrevido!”?
¿Acaso no cabe esperar semejante réplica del Santo, saludó diciendo: ojos son como llamas de fuego-, cuando alguien pretende “prepararse” para la Santa Comunión, -pero por lo demás, para el resto de su vida-, no piensa en pertenecerle al Señor ni en seguirle?