10 de noviembre 2026

    10.Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.Gn.3:12

    Dios le hizo una pregunta a Adán, después de que él le desobedeciera en el huerto del Edén. En la respuesta de Adán podemos ver claramente cómo comenzó a manifestarse la corrupción en los seres humanos. Adán no dice una sola palabra de arrepentimiento y confesión. No, solamente trata de excusarse a sí mismo. Es como si dijera: “Comí del fruto prohibido sólo porque Tú, Señor, tuviste la idea de darme una mujer por compañera”. Esta es la primera característica de los seres humanos caídos en el pecado: No quieren admitir sus culpas, sino que pretenden ser inocentes. Acto seguido, Dios le preguntó a la mujer: “¿Qué es lo que has hecho?” Y ella contestó de manera similar a Adán; utilizó la misma estrategia que él para defenderse: Le echó la culpa a otro. Eva dijo: “La serpiente me engañó, y comí”. Esto es algo tan característico en los seres humanos luego de la caída en el pecado, que lo podemos ver incluso en niños pequeños, ni bien comienzan a hablar. Cuando hacen algo malo, enseguida tratan de echarle la culpa a otro. Reaccionan con ese reflejo de picardía interior, aún antes de haber aprendido las mañas del mundo exterior. Es innato en nosotros. Y esta naturaleza corrupta se manifiesta constantemente, en cosas grandes y pequeñas. Ante los demás, nadie quiere asumir la responsabilidad por algo malo, ni reconocer sus malos hábitos. Al contrario, cada uno de nosotros trata de defenderse y excusarse a sí mismo. Y actuamos así a pesar de sentirnos internamente culpables. Ante Dios, ni siquiera queremos oír de su Juicio, ni que Él tenga derecho de acusarnos; y mucho menos queremos confesarle nuestras faltas. El hombre siempre trata de excusarse y defenderse a sí mismo. Esta es la causa de la autoconfianza y la falta de interés para ser salvo.

    Cuando somos acusados y presionados más intensamente por la ley de Dios, nuestra maldad aumenta. Nos amargamos y resentimos con Dios, que nos ha creado y dado su ley. También podemos ver eso en la respuesta de Adán. No sólo se excusa a sí mismo, sino que quiere echarle la culpa al propio Dios, diciendo: “La mujer que me diste por compañera me dió del árbol, y yo comí”. Está muy claro que Adán trata de culpar de su caída a Dios, porque Él le había dado a la mujer… Si hubiese sido sincero habría dicho: “Mi mujer me dio”; pero al agregar las palabras: “Que tú me diste” claramente trata de cargarle la responsabilidad a Dios. Lutero dijo: “La respuesta de Adán está llena de animosidad y odio contra Dios, como si dijera: -Tú mismo me has causado este problema. Si le hubieras dado a la mujer otro lugar donde vivir, esto no habría pasado. Que yo haya pecado es Tú culpa, porque me has dado una mujer para que viva conmigo”.

    Notemos qué terrible maldad se apoderó de los seres humanos, que habían sido tan buenos y puros, hasta hace poco tiempo atrás. Adán debería haber ido inmediatamente en busca de su misericordioso Padre celestial, y arrodillarse ante su presencia. Con lágrimas de amargo pesar debería haberle confesado su desobediencia, implorando perdón. En lugar de eso, utilizó falsas excusas y dio una respuesta evasiva. Pensó que su desnudez y la voz de Dios eran razones para huir. Cuando Dios le preguntó directamente si había desobedecido, se excusó completamente. Peor aún: culpó a Dios, insinuando que Él era el verdadero responsable, por haberle dado la mujer. Debería haber dicho: “He actuado mal, porque desobedecí”. Pero dijo algo así como: “Tú has actuado mal, Señor, al darme a la mujer”.

    En Adán podemos ver cómo somos todos los seres humanos por naturaleza, y cómo reaccionamos cuando hemos pecado y percibimos la voz de Dios en nuestra conciencia, antes de haber sido convertidos y de recibir un nuevo corazón por medio del Evangelio; antes de haber recibido la fe en Cristo.

    Supongamos que al encontrarse con Adán, Dios le hubiese dicho: “No tengas miedo, Adán. Sé que has pecado, pero te perdono”. Entonces, Adán se habría humillado profundamente, se habría arrepentido, confesado y maldecido seriamente su pecado, diciendo: “¡He pecado, he pecado, querido Padre celestial! Ten piedad de mí, y perdóname”. Pero Adán ni siquiera tenía la esperanza de ser perdonado. No, tan sólo veía ante sí el juicio de Dios, y estaba dominado por el miedo, completamente aterrorizado. Su corazón estaba cerrado, amargado y resentido contra Dios.

    No sirve de nada que uno se de cuenta del lamentable estado en que nos encontramos desde la caída en el pecado. No podemos ser diferentes antes de que la gracia de Dios produzca nueva vida en nuestro corazón. Seguramente Eva habrá pensado que la excusa que Adán le dio a Dios era falsa, y podría haber sacado una lección de ello. Podría haber dado gloria a Dios, confesado humildemente su falta y pedido perdón. ¡Pero no lo hizo! Enseguida después de oír a Adán, actuó igual que él. No fue mejor que su marido. Adán le echó la culpa a su mujer, y a Dios; Eva culpó a la serpiente, que también había sido creada por Dios… Como si hubiese dicho: “Tú, Señor, tuviste la idea de crear la serpiente y dejarla en el Paraíso. Por eso caí en el engaño…”

    Tanto Adán como Eva acusaron a su Creador y se excusaron a sí mismos.

    Y lo mismo sigue sucediendo en la actualidad. Después de la incredulidad, siempre sigue la desobediencia, de la cual participan nuestro cuerpo y nuestra mente. Y a la desobediencia le siguen las excusas. El pecado no quiere ser llamado ni tratado como pecado. No, sino que ser algo inocente. Y cuando no es posible disimular el pecado, entonces falsamente se le culpa a Dios. ¡A ese estado de extrema maldad llega el ser humano pecador! Por su incredulidad desobedece a Dios; y de la desobediencia pasa a la blasfemia, acusando al Creador. El camino descendente del pecado lleva a blasfemar contra Dios, acusándole injustamente a Él de ser el responsable. Eso ya lo podemos ver en Adán y Eva.

    Publicado por editorial El Sembrador