10.De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi Nombre, os lo dará.Jn.16:23
Algunos piensan: “¿De qué sirve mi oración? Mi oración es tan débil, torpe e indigna… ¡que Dios no me puede atender!” ¡Quiera Dios guardarte de depositar tu fe en tu oración, en su estilo elegante, en su composición correcta o en su presentación digna y conmovedora! ¿Es que hemos de orar en nuestro propio nombre? ¿Acaso Jesucristo no nos permitió acercarnos al Padre en su Nombre, y presentarle nuestras peticiones invocando los méritos de su esfuerzo, sufrimiento e intercesión con fuerte clamor y lágrimas? Acaso no dijo: “Hasta ahora no habéis pedido nada en mi Nombre. ¡Pedid y recibiréis!” (v.24).
Por lo tanto, a pesar de las insinuaciones del diablo respecto a nuestra indignidad, digamos: “No necesitamos para nada la dignidad de nuestra propia oración, tenemos una invitación escrita de nuestro gran Señor, el unigénito Hijo de Dios, alentándonos a presentarnos ante el Padre celestial en su Nombre y prometiéndonos: “Todo cuanto pidiereis al Padre en mi Nombre, os lo dará”.
Recordemos que, cuando invocamos al Padre con esta instrucción explícita del propio Señor Jesucristo, nuestra oración tiene suficiente poder y dignidad.
Todas las veces que concluimos nuestra oración con las palabras; “Por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor”, podemos tener esto presente.
Dios le da mucha importancia a su Mandamiento y a nuestra obediencia al mismo. Es Él quien nos ordena orar. De modo que al orar sólo hacemos lo que Él mismo nos ordena hacer, y nuestra oración tiene valor y poder gracias a esa orden suya. Si Dios, en cambio, mirase a la persona, nadie podría presentarse ante Él.
Sobre esto leemos las siguientes palabras de Lutero: “Mis oraciones no son inferiores a las oraciones del apóstol Pablo, o a las de los más venerables santos; no son más sagradas, ni menos agradables a Dios que las de ellos. ¿Por qué? Admito con toda presteza, que en cuanto a sus personas, esos santos llevaron una vida mucho más sublime que yo… pero si tenemos en cuenta el Mandamiento que nos manda orar, ellos no son más santos o dignos que yo. Porque Dios no le da valor a la oración considerando a la persona que ora, sino considerando su Palabra y la obediencia de la persona. Ahora bien, cada uno de nosotros tiene el mismo Mandamiento y los mismos méritos de Cristo que tuvieron los santos. Y siendo esto lo único que le interesa a Dios, no debiéramos conceptuar nuestras oraciones menos importantes o válidas que las de ellos”.
Lo único que hace falta es fe, el precioso don de la fe. Particularmente cuando el bien por el que uno pide parece imposible de obtener, y cuando Dios se demora mucho tiempo en concederlo. Entonces hemos de preguntarnos seriamente si hay algo imposible para Dios. Podemos investigar al respecto en las páginas sagradas de la Biblia, donde se describe la salida de Israel de Egipto (Éx.12:13), el cruce del Mar Rojo (Éx.14), la forma en que Dios rescató a Daniel en el foso de los leones (Dn.6), o a los tres hombres en el horno de fuego (Dn.3); y en los milagros realizados por Cristo, según se relatan en el Nuevo Testamento. Pero también podemos contemplar las maravillas del firmamento o de una pradera en flor. ¡Luego preguntémonos nuevamente si hay algo imposible para Dios! Si Él tarda en venir con su auxilio, pensemos en todos los santos que soportaron igual fuego de pruebas y entendamos que es parte de la educación con que Dios nos forma. Necesitamos eso como un ejercicio de nuestra fe, oración, humildad y paciencia.
Pero si no podemos creer que Dios sea tan bueno, pensemos en aquella viuda de Lucas 18:3. Dice Jesús que en su angustia ella acudió a una persona despiadada, a un juez que no temía a Dios, ni respetaba al hombre. Por eso se negó por algún tiempo a ayudarle. Pero finalmente se dijo: “Aunque no temo a Dios ni respeto a ningún hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia”, a lo que Jesús agregó: “Oíd lo que dijo el juez injusto. ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a Él día y noche? ¿Se tardará en responderles?” ¡Que disposición extraña del corazón! ¡Pensémoslo! A fin de llevarnos a la fe, Jesús se valió de esa parábola para representar a su Padre, tan rico en amor. ¿No debiéramos avergonzarnos y temblar ante nuestra incredulidad? Dios, sin duda, tiene un corazón mucho más piadoso que ese juez injusto. ¡A pesar de todo, tampoco éste juez injusto fue invencible! ¿Toleraría Dios, entonces, que lo invocásemos en vano día y noche? Jesús mismo comenta: “¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a Él día y noche? ¿Se tardará en responderles?” (v.7).
¡Quiera Dios concederles a todos los cristianos más diligencia y fe en la oración! Así la obra del Señor también progresaría mejor dentro y alrededor de ellos. Quienes se volvieron más diligentes en la oración, también progresaron siempre notablemente en gracia y sabiduría, en dones y capacidades.
Cuando vemos a un cristiano volviéndose cada vez más rico y fructífero en tales cosas, sepamos que estuvo arrodillado muchas veces ante Dios en oración. Por eso también los santos de la antigüedad, como David, Daniel y tantos otros, fueron excelentes personas de oración. De San Juan evangelista se dice que la piel de sus rodillas era tan gruesa como la de sus suelas, después de haber estado arrodillado tanto tiempo en oración…