10 de junio 2026

    10.Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.Tit.2:11-13

    “…la venida del Señor se acerca”, dice el apóstol Santiago (Stg.5:8). Y entonces: ¿Por qué la venida del Señor nos preocupa tan poco? Aunque tuvieron menos señales, esta posibilidad era tan real entre los primeros cristianos, que esperaron el regreso del Señor durante toda su vida… Pero a pesar de tantas señales de los últimos tiempos que tenemos ahora, la posibilidad de que el Señor venga pronto nos resulta extraña. ¿Por qué será así?

    Esta posibilidad, casi desapareció por completo de nuestra mente y de nuestros corazones. En general, seguimos sosteniendo la doctrina de la segunda venida de Cristo como parte de nuestra fe. Pero eso no quiere decir que la esperemos firmemente.

    No es solamente cuestión de creer en la venida del Señor Jesucristo, sino de vivir con esa esperanza, con la firme expectativa de su venida. No son muchos los que pueden decir categóricamente que viven así…

    Si los creyentes en general realmente vivirían esperando la gloriosa venida de nuestro Señor, eso se notaría más, no sólo en nuestros sermones y conversaciones cristianas, sino también en nuestra vida diaria. Y tampoco se infiltrarían entre nosotros tan fácilmente las creencias raras y doctrinas contrarias a la Biblia, acerca del futuro de la iglesia y del estado de los muertos. ¿Por qué el pensamiento del regreso del Señor nos resulta tan extraño, y casi desagradable, siendo que fue tan real, importante y consolador para los primeros cristianos? Definitivamente ésto no es una buena señal. Toda esperanza presupone un deseo. Y todo deseo tiene su raíz en lo que amamos. Pero, ¿esperamos y deseamos la venida del Señor, cuando termine para siempre la incertidumbre, la debilidad en la fe, el pecado y la infidelidad? ¿Esperamos poseer el reino de Dios, verlo a Él tal como Él es, y ser hechos semejantes a Él? Si desearíamos más esta revelación, buscaríamos los motivos que existen para esperar ese anhelado y bendito día. Si desearíamos ser más espirituales, si amaríamos más a nuestro buen Salvador, y si estuviésemos más ansiosos de lo que el amor siempre desea, (es decir, llegar a estar enteramente unidos a la persona amada y que desaparezca toda distancia de separación e incertidumbre de espíritu), entonces también viviríamos más en la esperanza de ese día. Hay mucha diferencia entre los cristianos. Algunos toman más seriamente la Palabra de Dios, y viven más atentos, en arrepentimiento y fe en nuestro Señor Jesucristo. El espíritu del temor de Dios vela continuamente sobre sus personas y conductas. Por eso no pasan ligeramente por alto el pecado, sino que lo sienten penosamente, y la gracia de Dios que obtienen de Cristo les resulta muy valiosa e importante. Para ellos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo es un tema muy querido y una esperanza viva y bendita. Con ansiedad esperan el día en que la gran gloria del Señor disipe la densa neblina que envuelve la fe en este mundo. Esperan con ansias el día en que verán a su celestial Amigo y Salvador. Aquí creyeron en Él; hablaron con Él en oración, estuvieron acompañados, guiados y protegidos por Él, pero no lo veían. Por eso esperan expectantes el día en que por fin disfrutarán para siempre de perfecta claridad, de plena seguridad, ¡De la presencia perceptible del Redentor!

    Además, serán librados para siempre de su corrupta carne, la naturaleza carnal que los indujo a tantos pecados, y les produjo tantas caídas y tribulaciones. Estarán eternamente libres de “los dardos de fuego del maligno” (Ef.6:16b). Si estuviésemos más muertos para el mundo y las cosas temporales, y tuviésemos nuestra vida y nuestro gozo sólo en Dios, seguramente esta sería la bendita esperanza en nuestros corazones. Pero donde el corazón está dividido, donde está ocupado por otros valores, -aunque éstos fuesen buenos e inocentes en sí mismos-, el anhelo por el Esposo celestial no halla cabida. Nuestra vida espiritual no es realmente buena ni feliz, si no concuerda con la confesión de los primeros cristianos, que decían: “Nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Fil. 3:20-21).

    Por eso el apóstol Pablo nos amonesta: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria” (Col. 3:1-4).

    ¡Ah, ojalá tomásemos más a pecho la doctrina de Cristo y de sus apóstoles, respecto a la venida del Señor y la salvación definitiva de los cristianos!

    Publicado por editorial El Sembrador