10.Ya que por las obras de la Ley ningún ser humano será justificado delante de Él.Ro.3:20
“Ningún ser humano”, literalmente: “Ninguna carne”. El apóstol emplea aquí la palabra “carne” deliberadamente, a fin de recordarnos nuestra ascendencia natural, de la que todo ser humano deriva su naturaleza. Bien dice Jesús: “Lo que es nacido de la carne, carne es” (Jn.3:6). “Toda carne”, todo ser humano, -luego de la caída en el pecado- se convirtió en un ser totalmente intoxicado con el veneno de la antigua Serpiente, muerto en cuanto a la vida que es de Dios.
Puesto que el Creador ordenó a toda la naturaleza que se reproduzca de acuerdo a su especie; a plantas, hierbas y árboles, y “que dé fruto según su género, cuya semilla esté en él” (Gn.1:11); y a los peces en las aguas y “las aves que vuelen sobre la tierra…según su género”, y toda clase de animales, todos debían propagarse “según su especie” (vs. 21-24).
Así como una serpiente solo cría serpientes, y los cachorros de leopardo también son leopardos, así los hijos de todos los seres humanos nacen con la misma naturaleza de los primeros padres humanos caídos en pecado, es decir, cargados con el veneno de la Serpiente, con enemistad contra Dios, y desprecio hacia su Ser y voluntad, y con inclinación a todo lo malo.
Ya en el primer libro de la Biblia, Dios describe al hombre de la siguiente manera: “Vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha sobre la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Gn.6:5). Por naturaleza, toda “carne” o “ser humano” es de esa misma especie.
Cuando consideramos esto, entendemos por qué el apóstol puede declarar tan enfáticamente “que por las obras de la Ley ningún ser humano será justificado delante de Dios”. La naturaleza congénita está llena de pecado, y Dios coloca el espejo de su santa Ley delante de la misma, un espejo que no deja de reflejar ni siquiera el menor mal pensamiento, ni siquiera la menor indiferencia hacia Dios o hacia el prójimo, y en cambio demanda que amemos a Dios de todo corazón; sí, con todas las fuerzas del alma. Más aún, la misma Ley también demanda que amemos al prójimo como a nosotros mismos, y no sólo a los que preferimos, sino a todos los que tienen derecho a llamarse prójimos nuestros.
Y esto no solamente en un momento u otro, sino en todos los momentos de nuestra vida. ¿Siendo así, cómo puede alguien agradar a Dios?
Tenemos que mencionar también un factor más, que aclara por qué ninguna carne, ningún ser humano en su condición natural, se puede justificar por las obras de la Ley. Un hecho que muy pocas personas toman en cuenta es que la mera existencia de la Ley de Dios escrita en la Biblia, y nuestra necesidad de recibirla, ya basta para condenarnos en el juicio de Dios. Pues, que Dios haya visto que necesitábamos tales Mandamientos, con sus amenazas y promesas, demuestra que no somos buenos. Y en segundo lugar, portarse bien y no mal solamente por causa de la Ley, de sus promesas y amenazas, es una piedad falsa, porque deberíamos hacer todo el bien y solamente el bien impulsados por la bondad de nuestros corazones. Sólo eso es hacer el bien realmente.
De otro modo no somos más que hipócritas, obedeciendo en apariencias, y guardándonos de practicar el mal, -el que aún tenemos en nuestras almas-, sólo por conveniencia. Es como si alguien te confiara su hijo en custodia, y te dijera: “Lo siento, pero tengo que pedirte que lo vigiles por una semana, para que no salga a robar ni a cometer travesuras”. Pues bien, si lo vigilas cuidadosamente, de modo que el chico no logra robar nada, tú lo puedes entregar a su padre diciendo: “No robó nada”, pero…¿es eso un buen testimonio del niño? ¡Pobre niño! dirás. Claro, no robó nada, pero se lo debió vigilar muy cuidadosamente, para que no lo haga. Y, ¿acaso eso no fue un testimonio de su mal carácter? Pues bien, lo mismo ocurre con nosotros.
¿Acaso la Ley no es semejante a un vigilante, persiguiéndonos por todas partes diciéndonos: “¡No hurtarás!” “¡No tendrás otros dioses delante del Señor, tu Dios!”, “¡No cometerás adulterio!”, “¡No hablarás falso testimonio!” (Éx.20)? ¿De qué dan testimonio esos Mandamientos, esas instrucciones, sino de nuestra necesidad de orientación y freno? Porque efectivamente somos ladrones, adúlteros, mentirosos e idólatras.
Por ejemplo, el Mandamiento: “¡No hurtarás!”¿Acaso no nos dice al oído: Eso te lo dice la Ley, porque lamentablemente tú eres una persona a la que hay que darle órdenes y vigilar, para que no cometa tales iniquidades? El Mandamiento: “¡No cometerás adulterio!” nos dice: Tú codicias los placeres prohibidos, pero Dios no te los permite. El Mandamiento: “¡No tendrás otros dioses delante del Señor, tu Dios!” nos dice: Tú no amas a Dios, por eso Él tiene que ordenártelo.
Así cada Mandamiento nos acusa. Y Dios, nuestro Señor, no sólo prohíbe el acto pecaminoso, sino también toda mala inclinación, todo mal pensamiento o deseo. No sólo quiere frenar las malas acciones, para mantener el pecado -por así decir- recluido en el corazón, sino que quiere verlo totalmente eliminado de allí. Quiere que ames el bien, para que lo practiques inspirado por tu propia inclinación hacia él. De modo que la mera existencia de la Ley con sus amenazas y promesas es prueba suficiente, que no podemos justificarnos ante Él por nosotros mismos.
Y el hecho de que hacemos bien y suprimimos el mal por fuerza de la Ley, es prueba suficiente de que no la guardamos, porque esa misma Ley demanda ante todo un corazón santo y bueno. Recordando esto podemos entender aún mejor las palabras: “Por las obras de la Ley ningún ser humano será justificado delante de Dios”.