10 de febrero 2026

    10.Para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios.Ro.7:4b El creyente está “muerto a la Ley”, que fue su “primer marido”, y está unido por medio de la fe al Cristo resucitado y viviente. Según el ejemplo del estado matrimonial que da el apóstol, el Señor Jesucristo es ahora su legítimo esposo.

    No está mal que el cristiano se considere libre de la unión y de las condiciones de su cónyuge anterior, la Ley, porque esa unión quedó disuelta por la muerte.

    Frecuentemente los corazones de los cristianos son afligidos por dudas como éstas: “¿Será cierto que estoy libre de las condiciones y de los juicios de la Ley? ¿Puedo vivir y morir con esa seguridad?”

    En nuestro texto el apóstol afirma que podemos tener la conciencia bien tranquila, como la tendría para tomar un nuevo marido la mujer que ha quedado viuda, por la muerte de su marido anterior. Por la muerte para la Ley, quedamos libres de nuestro compromiso anterior con la Ley, con todas sus condiciones y sentencias.

    De la alianza con Adán, que era la alianza de la Ley, los fieles fueron transferidos a la alianza con Cristo, que es la alianza de gracia. Cristo es la Cabeza y el Esposo de la Iglesia. Precisamente con esta figura, la del “Esposo” y de la “esposa”, del marido y de la mujer, la Escritura ilustra muchas veces la relación entre Cristo y sus fieles. Como Adán habría de recibir una esposa creada de su costilla, también Cristo debía recibir una esposa producida de “su cuerpo”. De este Esposo se habla muchas veces, no solo en el Cantar de los Cantares de Salomón, y en el “himno nupcial” del Salmo 45, sino también en varios pasajes del Nuevo Testamento, donde se representa a la Iglesia como a la “Novia” o “la Esposa del Cordero”. Cuando el apóstol habla en Efesios 5 del marido y de la mujer, termina diciendo: “Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la Iglesia”.

    Por su fe en Cristo, los creyentes ya no están bajo la condenación de la Ley, sin embargo no están “sin Ley de Dios, sino bajo la Ley de Cristo” (1 Co.9:21).

    En amor, contentos y de buena voluntad, aceptan la Ley como de manos de Cristo. “Se deleitan en la Ley de Dios” (Ro.7:22) y confiesan de corazón que: “Sus Mandamientos no son gravosos” (1 Jn.5:3), porque Cristo llevó y quitó lo más grave: La culpa y la maldición del pecado.

    Cuando Lutero descubrió la diferencia entre la Ley como medio para alcanzar la salvación y la Ley como simple regla de conducta, sintió tanto alivio y alegría, que le pareció estar paseando por las calles del Paraíso. ¡Cómo no deleitarme en los Mandamientos de Dios, ahora que fui librado por pura gracia de los juicios contra todos mis pecados, y de los castigos que merecería por todas las faltas y los defectos que todavía están adheridos a mi persona!

    “A fin de que llevemos fruto para Dios” (Ro.7:4b). Aquí tropezamos nuevamente contra una aparente “herejía” -como lo llamaría nuestra razón-. Lute ro, al explicar Gálatas 2:19, dice que si se nombrara jueza a la razón, ésta dictaminaría que no hubo mayor hereje en la tierra que San Pablo, al enseñarnos que debemos “morir a la Ley”, a fin de poder producir fruto para Dios.

    Equivocadamente, todos pensamos que es precisamente al revés: Que hay que estar completamente sujeto a la Ley, para llevar fruto para Dios y realizar obras buenas; y que “libertad de la Ley” (no sentirse obligados a cumplirla) es la destrucción de toda santidad…

    Sin embargo, vemos que el apóstol nos enseña justo lo contrario. Nos dice que no podemos “llevar fruto para Dios”, mientras no hayamos “muerto” para la Ley.

    Y esta es una doctrina sobremanera importante; una enseñanza a la que todos los cristianos, especialmente los jóvenes e inexpertos, deben prestar mucha atención. Es decir, que por absurdo que parezca, para una genuina santificación es absolutamente necesario que primero quedemos “muertos a la Ley”; que nuestras conciencias, por la fe en los méritos de Jesús, queden libres de la condenación y autoridad de la Ley, para que podamos vivir en la libertad de la gracia del Señor.

    Por eso, todas las cosas “buenas” que hacemos mientras la Ley todavía domina nuestras conciencias, no las hacemos para Dios sino para nosotros mismos (para autojustificarnos). Son obras realizadas únicamente por propio interés, con el objeto de escapar del castigo y de conquistar una recompensa de Dios, pero jamás son obras de verdadera piedad (por amor a Dios), agradables a Dios. Los servicios prestados por una mujer bajo compulsión, porque una autoridad legal se los demanda, jamás pueden agradar al marido que desea el amor de su esposa.

    Todas las buenas obras que hacemos mientras aún no estamos libres de la Ley y unidos por la bendita fe a Cristo, por más útiles y piadosas que sean, para Dios son “obras muertas” (He.9:14), realizadas por amor propio, satisfacción personal, auto justificación, orgullo y otros motivos carnales.

    Estos motivos convierten a las obras que en sí mismas pueden ser excelentes, empero abominables ante Dios, porque Él mira el corazón y en primer lugar quiere nuestro amor y que le sirvamos voluntariamente.

    Y no podemos mirar la Ley con amor y deleite, mientras ella nos amenace y condene. Sólo cuando nos vemos libres de los juicios de la Ley… cuando obtenemos el perdón de nuestros pecados y somos salvos por la fe en Jesús, Dios y su Ley se nos vuelven dulces. Sólo entonces obedecemos a la voluntad de Dios con sincero amor y deleite.

    Esto es lo que se llama “llevar fruto para Dios”. Este es, sin duda, el único camino recto, tanto de salvación como de santificación.

    Publicado por editorial El Sembrador