10 de enero 2026

    10.¿Qué parte tiene el creyente con el incrédulo?… por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice elSeñor. 2 Co.6:15-17

    Si por su gracia Dios te eligió, te separó del mundo, y te llamó a ser su discípulo y amigo, para vivir en su bendita y santa comunión, entonces síguele de verdad, sincera y fielmente. Pues ni Él, (el esposo de tu alma) ni tu propio bienestar, te permitirán una conducta doble, una existencia dividida entre Dios y el mundo, entre Cristo y Belial.

    ¡Por eso, decídete! Porque no puedes dividirte y compartir tu amor. Separación es separación. Cristo es uno, y el mundo es otro. La amistad de Dios es una cosa, y la amistad del mundo, es otra. Jamás se podrán conciliar. ¡Entonces, decídete! Tal vez te parezca demasiado difícil seguir a Jesús y renunciar a la amistad del mundo. Si es así, ¿no sería mejor que dejaras de vacilar y te fueras con el mundo? Eso es mucho más fácil y agradable para la carne; y estarías en la misma situación que si divides tu amor entre Jesús y el mundo. Incluso, en un sentido estarías mejor, porque si divides tu amor entre Cristo y el mundo, pierdes a ambos. Al dividirte, no puedes disfrutar plenamente ni del mundo ni de la amistad de Dios. Y menos aún disfrutar el gozo celestial en la eternidad.

    Pero, ¿cómo y dónde debemos separarnos del mundo impío? Supongamos que en cuanto se refiere a la mente y al corazón ya has sido regenerado, y consecuentemente separado del mundo, que con respecto a los temas espirituales ya tienes otros pensamientos en tu cabeza, y otros deseos en tu corazón; que tú amas lo que los impíos desprecian, y desprecias lo que ellos aman. Entonces también es necesario que te separes de ellos con todo tu santificado ser interior; que te separes de las palabras y acciones pecaminosas de ellos, y de todo lo que es causa de pecado o tentación al mismo, fuesen entretenimientos, compañías o cualquier otra cosa. En cuanto a tu forma de hablar o actuar, tu comportamiento, compañías y entretenimientos, tú mismo puedes elegirlos, pero para ello tendrás que separarte completamente de los impíos. Cuando ves y oyes a otros mirando, escuchando o comentando vanidades, tú, siendo un discípulo de Cristo y templo del Espíritu Santo, debes darles a entender que tu corazón es un jardín cerrado para esas amistades, abierto solo para el Amado de tu alma.

    Debes hacer un pacto con tus ojos, como lo hizo Job (Job 31:1), de no mirar cosas vanas; y un pacto con tu lengua, de no incurrir en charlatanería ligera y vulgar, y hablar en cambio de las maravillas y bendiciones del Señor, toda vez que se presente la oportunidad para ello.

    Cuando otros, aun pretendiendo llamarse cristianos, pisotean abiertamente los Mandamientos de Dios, pronunciando su santo nombre en vano, o profanando el día de reposo, tú debes resistir, y tener el coraje de ser diferente, de hacer otra cosa. Debes temer a Dios y amarlo tanto, que no desees obrar en contra de su voluntad. Me estoy refiriendo aquí a salir del mundo, más allá de los pecados que la gente respetable del mundo también reconoce como maldades, tales como el odio, la inmundicia, la deshonestidad, etc.

    Para decidir qué está bien y qué está mal, observemos la regla de no juzgar nunca lo reprensible o defendible de un hecho, de acuerdo a la costumbre u opinión de la gente, sino sólo de acuerdo a la Palabra de Dios y al ejemplo de Cristo y de los santos. Si se nos presenta una compañía o un entretenimiento aparentemente inocente, pero contrario a las enseñanzas del Espíritu, -de modo que el Señor no participaría en ese acto, que no podríamos invitarlo a hacerlo ni podríamos hacerlo en su Nombre-, debemos evitarlo. O si comprendes que con hacerlo tu hombre interior obtendrá más pérdida que ganancia, entonces huye de esa compañía o de ese entretenimiento. Aquí valen las palabras del apóstol: “No participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas” (Ef.5:11).

    Al mencionar aquí las compañías, no se quiere recomendar que te retires de las personas a las que te une tu profesión terrenal. Lo único que hace falta es huir de sus pecados. Me refiero a las situaciones en que estás en condiciones de elegir tus compañías por ti mismo. En estos casos debes apartarte de los están en contra de tu Señor. Aunque algunos podrán decir que esto es despreciar al prójimo.

    ¿Acaso no debemos amar a todos los semejantes? Sí, pero el cristiano debe amarlos en la forma en que los amó el Señor. Es cierto que Él amó a todos, y que los amó tanto que dio su vida por ellos, pero jamás cultivó intimidad con los enemigos de su Padre y de su Reino. Lo mismo debes hacer tú. Ama, sirve y dedícate a todos, pero no pienses que es tu deber consentir con los enemigos de tu Señor. Eso sería ser cómplice de ellos, consentir con ellos, lo que implicaría llamar bueno lo que es malo, y malo lo que es bueno. Imagínate si los discípulos de Cristo se hubiesen reunido con los escribas y fariseos, enemigos de su Señor, aunque fuese sólo de vez en cuando; y hubiesen cultivado estrecha amistad con ellos. ¿Habrían sido leales a Jesús? Judas lo hizo, y el resultado fue que traicionó a su Maestro y lo entregó a sus enemigos.

    Tal vez pienses que no debes considerar enemiga de Cristo a la gente con la que cultivas amistad, pues son buenos y decentes. Haz entonces la prueba. Si tu compañía no tolera que hables bien de tu Señor, debieras comprender dónde estás, es decir, entre sus enemigos. En tal compañía, o bien tendrás que confesar con todo tu ser que eres un discípulo de Cristo, y consecuentemente ofender a tus compañeros; o bien tendrás que negar y ofender a tu Señor, y violar tu conciencia por vacilar y eludir tu obligación, y disimular la verdad, por evitar el compromiso. Quien prefiere calentarse al fuego con los enemigos de Cristo, debiera pensar adónde condujo eso a Pedro (Mr.14:54).

    Publicado por editorial El Sembrador