10.…si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros…Ro.8:9
En este versículo hay una condición muy importante. Dice: “si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros”. Esto tiene que despertarnos para que reflexionemos y nos examinemos a nosotros mismos. Pero, aquí también se nos revela una gracia tan inmensa que no la podemos expresar: El Espíritu de Dios habita en seres humanos que todavía están en este mundo. ¿Crees esto?
¿Quién es capaz de entender esta gran verdad? ¡Equivale a decir que somos copartícipes del Espíritu de Dios! Si realmente creyésemos esto, a duras penas podríamos seguir viviendo de tanta alegría, asombro y admiración. Y ésta realmente es una verdad divina, que se aplica a todos los que han llegado a ser hombres espiritualmente nuevos.
Algunos sostienen que el “Espíritu de Dios” es una fuerza, poder o efecto de Dios en el alma; o bien una mente que está de acuerdo con Dios, o el nuevo ser creado por Dios en nosotros. Y efectivamente, ese es el sentido de la palabra “espíritu” en muchos lugares de la Escritura. Pero cuando el apóstol dice: “Si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros”, quiere decir que el verdadero Dios viviente habita y actúa en los creyentes.
Con las palabras “el Espíritu de Dios”, se refiere a la Persona del Espíritu, la tercera persona de la Santa Trinidad, que es igual al Padre y al Hijo en toda perfección. El apóstol dice inmediatamente en el versículo 10: “Si Cristo está en vosotros…” Y en el versículo 26 dice que el Espíritu es nuestro auxiliador e intercesor. Todo eso significa que Dios mismo mora en los fieles.
“El Espíritu de Dios” no es solamente el poder o el efecto de Dios en el hombre, sino una persona en la Santa Trinidad de Dios. Recordemos las palabras del mismo Cristo. Él nos encomendó bautizar “en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mt.28:19).
Cuando el apóstol Pedro explica resumidamente la obra del Dios trino para nuestra salvación, dice: “Elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo” (1 P.1:2). Finalmente, recordemos la bendición apostólica dada por Pablo, que dice: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén” (2 Co.13:14).
La Escritura asocia al Espíritu Santo con el Padre y el Hijo como una Persona en el eterno ser de Dios. Qué claras son las palabras de Cristo, en el sentido de que el Espíritu es una Persona, y no sólo una fuerza o poder, cuando dice: “El Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros” (Jn.14:17). “Más el consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn.14:26). “Pero cuando venga el consolador… él dará testimonio acerca de mí” (Jn.15:26). “Él os guiará a toda la verdad… Él me glorificará; porque tomará de lo mío y os lo hará saber” (Jn.16:13-14).
De estas palabras podemos deducir también que es aquí, en este mundo, donde el Espíritu desarrolla su obra propia, que consiste en revelarnos la obra de Cristo y sus enseñanzas, para que creamos en el Salvador y pongamos en práctica su Palabra. La tarea del Consolador es testificar acerca de Cristo y edificar su reino. Es llamar, iluminar, congregar, guiar, santificar y preservar a los que son del reino de Cristo. El Padre los ha dado al Hijo. El Hijo los ha redimido. El Espíritu los habrá de llamar, congregar y santificar en la verdad.
Todos los seres humanos están muertos en pecados y transgresiones, hasta que el “Espíritu de vida” abre sus corazones para que conozcan a Jesús, quien nos ha sido dado para que obtengamos la vida eterna. Él es quien nos une a Jesús y obra en nuestro interior, haciéndonos nacer espiritualmente de nuevo.
El apóstol dice aquí que el Espíritu mora en los cristianos. Y en otro lugar declara: “…vosotros sois templos del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos…” (2 Co.6:16). ¡Qué honra inmensa es esta! Uno puede preguntar: -¿Cómo puede el Dios infinito habitar en los corazones de sus hijos? Si Dios está presente en todos los lugares, ¿qué significa que Él vive y habita entre los creyentes? ¿Cómo entender estas palabras? –Estas palabras expresan la unión íntima entre Dios y las almas creyentes. Se refieren a la eterna morada de Dios en el ser humano. Acerca de esto Cristo dijo: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Ap.3:20).
Este es un misterio muy grande. Excede nuestro entendimiento. Solamente podremos entenderlo plenamente a la luz de la eternidad. Sin embargo, es una verdad sublime y gloriosa: El Espíritu de Dios mora, actúa y vive en los corazones de los cristianos.
A pesar de que es un misterio insondable, lo comprobamos en nuestras vidas. Aunque padezcamos tormentas de tentaciones; aunque pasemos por buenas y malas situaciones, sufriendo la tensión entre el viejo Adán y el hombre nuevo, en nosotros se mantiene una mentalidad santa. Por eso sentimos pesar y remordimientos por nuestras maldades y pecados, y nos regocijamos en lo que es bueno y santo. Esa mente es siempre la misma, siempre que el alma no haya “caído de la gracia”, separándose de Cristo (Gá.5:4). Esta mente no es otra cosa que la obra del divino Huésped que vive en nuestras almas. Porque sin el Espíritu de Dios nada bueno ni santo puede existir en nosotros.