10 de agosto 2026

    10.¡La Palabra de Cristo more en abundancia en vosotros!Col.3:16

    Esto ocurre de forma natural allí donde la fe en Cristo está viva y sana. Y sin duda, así debiera ser siempre. En ese caso esta amonestación no haría falta. Sin embargo, también hay malos momentos. “Tardándose el esposo, todas (las vírgenes) cabecearon y se durmieron”, dice el evangelio (Mt.25:5). La espera de la gloriosa segunda venida de Jesús, se les hace larga y tediosa a los cristianos. La religión puede convertirse en algo rutinario. Tanto el creyente en particular, como la congregación en general, pueden volverse fríos y negligentes en la fe. Es precisamente entonces cuando esta amonestación hace falta.

    Mientras hay todavía algo de aceite en las lámparas, los fieles aprecian este consejo. Y eso los distingue de los que son totalmente carnales y contradicen abiertamente esta enseñanza del apóstol. Los fieles poseen un espíritu dispuesto, aunque su naturaleza carnal los hace tan débiles y lerdos, que no logran hacer lo que quisieran hacer, aun después de oír amonestaciones como éstas. Aunque la aprecien y reconozcan, no siempre la observan (Ro.7:19). A veces vemos que la Palabra de Cristo, que debiera reinar abundantemente en los corazones y en las casas de todos los cristianos, mora allí pobremente. La enseñanza y amonestación recíprocas desaparecieron en muchos lugares. Los “salmos e himnos y cantos espirituales” fueron silenciados; o, si todavía se cantan, ya no se cantan de corazón al Señor, sino sólo con la boca y para los hombres, como parte de un espectáculo musical. Este es un tema de muchísima importancia.

    La abundante presencia de la Palabra de Cristo en nosotros es el remedio universal contra todos los males espirituales, tanto de los cristianos individuales, como para las congregaciones y toda la iglesia de Cristo en la tierra. Si pensamos en la gran bendición que sería, -tanto para cada cristiano individual como para los que lo rodean-, si la Palabra de Cristo morase en abundancia en los creyentes, y en el gran daño y perjuicio que resulta de no contar más con la Palabra de Cristo en nosotros, nos tiene que invadir cierto temor y desánimo. Quien pondera debidamente esta amonestación, siente que no hay palabras para advertir con suficiente fuerza contra el descuido de la Palabra, y que no hay corazones suficientemente receptivos para algo tan importante.

    ¿Qué podemos hacer? Quien es capaz de recibirlo, que lo reciba. Veamos, pues, lo que el apóstol quiere decir con su amonestación.

    El apóstol habla aquí de algo que, por la gracia de Dios, vemos a veces, en ciertos lugares en los que sobreviene un despertar del Espíritu, y una vida de fe evangélica. Lo percibimos donde florece un jardín de Dios. Allí la Palabra de Cristo mora en abundancia en las almas. Los creyentes comienzan a leer, hablar y cantar; a instruirse y amonestarse unos a otros. Y lo hacen contentos y de buena fe; con profunda alegría y de buena gana. Así sucede todas las veces y en todos los lugares en que se establece la Palabra de Cristo, de modo que hasta el día de hoy el mundo lo contempla asombrado y molesto, como lo presenciaron los judíos en el primer Pentecostés (Hch.2:13-36). Cuando los apóstoles comenzaron a proclamar las maravillas de Dios en diferentes lenguas, los impíos, burlándose, dijeron: “¡Están borrachos!” Ahora entendemos lo que el apóstol quería decir, al amonestar: “La Palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñando y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor, ¡Con salmos, e himnos y cánticos espirituales!” Si pudiésemos perseverar siempre tan fervientes en el Espíritu, si el primer amor jamás se enfriase, estaríamos exactamente en el estado al que se refiere el apóstol con su amonestación.

    Nuestro bienestar espiritual y eterno demanda de nosotros que todo el tiempo sigamos creciendo en la gracia y en el conocimiento de Cristo.

    Nunca debemos volvernos negligentes y dejar de lado la Palabra de Cristo. No, tenemos que mantener y propagar siempre el fuego sagrado de la fe en Jesús, leyendo su Palabra, hablando y cantando de Él, enseñando y amonestándonos mutuamente. Porque de otro modo ocurrirá lo que ocurrió en la iglesia de Éfeso, a cuyo ángel el Señor amonestó: “Tengo contra ti, que has dejado tu primer amor”. (Ap.2:1-7). Si no volvemos al primer amor, el Señor quitará nuestro candelero de su lugar, nos privará de su Palabra y de su gracia. No se trata de algo que podemos hacer o dejar de hacer según nos plazca, si queremos preservar nuestra vida espiritual. No, si no queremos terminar en la impiedad carnal y en la muerte eterna, hemos de conservar todo el tiempo la vida espiritual, alimentándonos cada día con la Palabra de Cristo. Un niño se nutre con leche. De Igual modo el nuevo hombre en nosotros debe recibir “la leche espiritual,” (1 P.2:2), “la Palabra de Cristo”. Por lo menos sus enseñanzas básicas y principales.

    El cristiano debe estar siempre bien familiarizado con la Biblia, alimentando su alma ahí. El apóstol dice: “¡La Palabra de Cristo more en abundancia en vosotros!” No debe morar en nosotros como un huésped, que sólo busca el hospedaje de una noche ¡No! Debe morar en nosotros permanentemente. La Palabra de Cristo debe unirse completamente con nuestro hombre interior, morando y reinando ahí siempre. El apóstol también dice “en abundancia”. No sólo por breves momentos y en ocasiones especiales, sino todo el tiempo, en todas partes y de muchas maneras. Si no tenemos la oportunidad de oírla y leerla muchas veces, no obstante podemos meditarla, pronunciarla y cantarla. Así como el Señor nos exhorta a inculcar asiduamente su Palabra en nuestros niños dondequiera que estemos, diciendo: “Estas palabras que Yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes; y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas,” (Dt.6:6 ss). Así es como tenemos que ejercitarnos siempre los cristianos, jóvenes y adultos, en el uso de las palabras de Cristo, aun cuando nuestro trabajo o vocación no nos permita dedicarnos a su estudio en forma especial.

    Publicado por editorial El Sembrador