10 de abril 2026

    10.No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto.Fil.3:12

    Por naturaleza se conoce la Ley de Dios hasta cierto punto. Pero el Evangelio es un misterio oculto a la razón. Lutero dice: “El Evangelio es el arte más difícil de aprender y la suprema sabiduría del cristiano. Éste sigue siendo un alumno toda su vida. El Evangelio tiene la gran desventaja de que nada parece más fácil y rápido de aprender. Tan pronto como alguien oyó o leyó algo de él, se cree un maestro y doctor del mismo, y desea oír otra cosa, algo nuevo”.

    Las personas que creen saberlo todo generalmente ni siquiera piensan en el Evangelio; no tratan de conocer mejor a Dios el Padre, al Hijo el Salvador ni al misterio de la redención. No buscan la oportunidad de oír o leer algo de la Biblia. Tampoco piden a Dios la luz del Espíritu para entender esas verdades. Por el contrario, cuando se presenta algo verdaderamente evangélico, esperan con impaciencia que termine pronto, para poder escuchar algo diferente.

    Esa gente suele decir: “Por supuesto que sé lo que debo creer. Conozco la gracia de Dios y me parece muy bien. Pero hablemos de lo que nosotros debemos hacer. Hay mucho en que pensar, porque tenemos muchos defectos que corregir. Hablemos de esas cosas…”

    Claro que así nunca llegan a tener el gozo de la salvación y el poder para vencer el pecado. Nunca aprenden lo principal; les falta la genuina vida espiritual, el sincero arrepentimiento y la verdadera fe. No entienden cuan completamente perdidos estamos, a pesar de todas nuestras “buenas” obras. Esa gente nunca se desespero de sí misma ni conoció lo qué la fe y la gracia producen en nosotros; porque de ser así, nunca dirían que ya recibieron suficiente Evangelio. ¡Qué enorme alegría y cuánto poder para hacer el bien produce el Evangelio!

    Como dice San Juan: “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor”. (1 Jn.4:8). Si alguien realmente conoce a Dios, también lo ama; más aún, se consume de amor y devoción por Él. Porque Dios es un amor tan inmenso y abrasador, que nadie puede conocerlo sin ser encendido de amor por Él. Y el amor es la fuente de todas las buenas obras; “es el cumplimiento de la Ley” (Ro.13:10).

    En fin, quienes piensan haber entendido suficientemente el Evangelio, todavía no aprendieron las primeras letras del mismo. Como dice el apóstol: “Si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo” (1 Co.8:2). Y esto se aplica particularmente al conocimiento del Evangelio.

    El contenido del Evangelio es tal, que quien lo ve no puede creerlo. Quien puede creerlo fácilmente, es seguro que no ve lo que contiene. Puede pensar que lo ve. Y puede pensar eso con tanta seguridad, que está dispuesto a jurarlo mil veces. Sin embargo con toda su manera de vivir lo niega.

    Lutero dice acertadamente: “Quien sería capaz de entender y creer debidamente lo que contiene el Evangelio, no podría seguir viviendo aquí en la tierra, sino que moriría de tanta felicidad”. Claro que no se quedaría frío e inactivo como esos que están tan llenos de conocimiento intelectual. Ciertamente, no sería tan difícil seguir a Cristo, amarlo, servirle y confesarlo; sufrir por Él y negarnos a nosotros mismos, si creyésemos debidamente lo que el Evangelio enseña.

    Esta es la razón por la cual tanta gente siempre está aprendiendo, pero nunca llegan al conocimiento de la verdad. Jesús dijo: “Nadie conoce al Hijo, sino el Padre; ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar” (Mt.11:27). Cuando el Hijo no le quiere revelar a alguien la verdad del Evangelio, todo esfuerzo humano es inútil.

    Poco antes, Jesús había dicho acerca de las personas, a las que no quería revelar ciertas cosas: “Te alabo, Padre,… ¡porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos!” (Mt.11:25); o sea, de los que a su propio juicio ya no son niños, y piensan que con el mero estudio podrán apropiarse del Evangelio. Muchas personas oyen y leen el Evangelio como cualquier otra materia mundana, sin humillarse ante Dios. Pero agradó a Dios ocultarles la verdad a esas personas. “Sí, Padre, porque así te agradó” (v.26).

    San Pablo fue un muy buen maestro para explicar e interpretar clara y abundantemente el Evangelio. Sin embargo, sabía que no era suficiente que la gente escuchase sus sermones y leyese sus epístolas. Sabía que todo dependía de Dios, que es Él quien revela la verdad y da el “Espíritu de sabiduría y revelación” (Ef.1:17); por eso invocaba continuamente a Dios, a favor de sus iglesias.

    Hay personas que nunca oran humildemente a Dios ni tampoco buscan diligentemente el conocimiento del Evangelio en la Palabra, porque creen que ya lo saben todo. Mientras que los mayores santos y campeones de la fe reconocieron que, a pesar de todos sus estudios y oraciones, todavía no habían comprendido plenamente, y que todavía estaban procurando hacerlo.

    ¿Cómo explicar esto? Entendiendo que quienes creen haberlo aprendido y comprendido todo, han sido hechizados por el diablo, quien los dejó espiritualmente ciegos y muertos, cuando debían aprender las primeras letras. ¡Ojalá se den cuenta de su engaño, antes de que sea demasiado tarde!

    Publicado por editorial El Sembrador