1.Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.Ro.5:8
El apóstol dice, que Dios “muestra” su amor; que lo expresa. Significa que, se lo declara a todo el mundo. “Lo agranda, asegura y manifiesta de tal modo, que nadie puede recibir debidamente esta prueba de amor y seguir dudando” (Lutero).
Aunque uno estaría lleno de dudas en cuanto al amor de Dios, lleno de terrores de conciencia y temor de la ira de Dios por el pecado, ésta prueba de la que habla nuestro texto debe darnos una idea segura del sentir de Dios.
Con esta prueba uno debe comenzar a comprender que Dios, a pesar de todo su santo celo contra el pecado, no obstante tiene en su corazón un infinito amor y una gran piedad hacia los pecadores. Nosotros nunca podríamos haber imaginado esto, si Dios mismo no nos hubiese dado esa gran prueba, mediante la cual nos muestra su amor.
Al explicar el amor de su Padre hacia nosotros, Cristo sólo da esta prueba: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel, que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn.3:16). San Juan también afirma que esta es la verdadera prueba: “En esto hemos conocido su amor, en que Él puso su vida por nosotros”. Y otra vez: “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por Él” (1 Jn.3:16; 4:9).
De otra manera nunca podríamos haber imaginado algo así del corazón de Dios. Por eso también está bien afirmar que Dios “nos mostró” o expresó su propio amor. Es el inmaculado amor de Dios lo que se nos mostró de esa forma.
Cuando amamos a alguien, normalmente esa persona es un amigo o al menos alguien bueno y amable. Pero si percibimos algo detestable en él, o si es nuestro enemigo y ofensor, no solemos amarlo sino odiarlo. Tal es nuestro “amor” natural.
Pues bien, Dios aborrece el pecado con toda intensidad, y nos ve a todos cargados de pecado. Pero siente tal piedad hacia los pecadores, que prefirió entregar a su propio amado Hijo a la muerte, antes que ver nuestra perdición.
Y si pensamos bien en lo que el apóstol repitió tantas veces; que Dios hizo tanto por los impíos, los pecadores, sus enemigos, entonces con toda seguridad tenemos que preguntar maravillados: “¡Oh misericordioso Dios! ¡De dónde tienes ese amor! ¿Puede ser verdad que nos ames tanto así? ¿Qué pudo moverte a amarnos tanto?”
Un anciano siervo de Dios, que había aprendido mucho acerca del Reino de los Cielos, confesó que durante mucho tiempo había pensado en cuáles pudieron haber sido las verdaderas razones del amor de Dios hacia los pecadores. Al fin admitió que había llegado a la conclusión de que “Dios amó porque amaba”. O sea que la razón estaba en el propio amor de Dios. Tuvo un corazón tan lleno de piedad y ternura, que no pudo hacer otra cosa que amar.
Dios mismo ilustró su amor con la figura del amor maternal. Vemos que una madre lleva y atiende día tras día a su hijo enfermo con incansable amor. De noche, cuando otra gente descansa, ella permanece velando sin fatigarse al lado de su cama, o cargándolo en sus brazos. Y se trata de un chico que todavía no le recompensó a su madre con cosa alguna; por el contrario, hasta ahora no hizo otra cosa que cansar a su madre con sus necesidades de ayuda, cuidado y manutención.
Y si le preguntamos por qué ama así a su hijo, ni ella misma podrá explicarlo. No sabrá dar otro motivo que la compasión y el amor que siente en su corazón. Se asombrará ante nuestra pregunta y dirá: “Pues, ¡Es mi hijo!” Que una madre ame de ese modo a su hijo es una ley natural grabada en su corazón. No tiene necesidad que alguien le enseñe, o la obligue a amar. Y no sólo una madre piadosa, sino cualquier madre normal. Y esta naturaleza del corazón materno es tan poderosa, que no se puede mostrar indiferente al hijo ni siquiera cuando éste se convierte en una preocupación; cuando comete crímenes, y cae en manos de la justicia y merece castigo. No, la madre sufrirá la mayor amargura por ese hijo.
Tal es la naturaleza de su corazón maternal. Recordemos que lo mismo ocurre con el corazón de Dios. Dios siente un amor tan profundo hacia nosotros como una madre por su criatura. El propio Señor Dios nos asegura que su amor es aún más profundo. Dice: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? ¡Aunque olvide ella, Yo nunca me olvidaré de ti!” (Is.49:15). Y: “En esto conocemos el amor de Dios, en que entregó su vida por nosotros”.
Pero hay un factor más que puede explicar el amor de Dios hacia el ser humano. Es el amor a un hijo. El propio Señor lo sugiere cuando dice de sí mismo: “¿Se olvidará una mujer del hijo que amamanta…?” Por profunda que fuese nuestra caída, por más degenerados que fuésemos, por más que nos hubiésemos extraviado en pecado e impiedad, Dios no puede olvidar que el ser humano es su criatura. Siente un amor más que maternal hacia nosotros.
Después de todo, nos creó para que fuésemos hijos y herederos suyos. Y cuando el diablo nos había atrapado, Él no quiso que se quede con la presa. No, sino que quiso hacer algo para rescatar a sus hijos.
Hasta cierto punto esto puede explicar el de otro modo inconcebible amor de Dios, ya que “Cristo murió por nosotros, cuando todavía éramos pecadores”.