1 de octubre 2026

    1.Y perdónanos nuestras deudas.Mt.6:12a Esta oración, “perdónanos nuestras deudas”, es el corazón de la nueva criatura que activa todas las demás fuerzas dentro del cristiano. Cuando se detiene el corazón en el cuerpo y no bombea más la sangre por las arterias, se termina la vida y el alma abandona al cuerpo. Lo propio ocurre cuando cesa esta oración y la persona ya no suspira más por perdón; cuando no siente más la necesidad de acercarse al trono de la gracia. Entonces se terminó la vida en la gracia de Dios y el Espíritu de Dios se aleja.

    La vida espiritual depende fundamentalmente de dos obras de la gracia, que en resumidas cuentas se llaman arrepentimiento y fe. Por un lado, un sincero reconocimiento del pecado, que lleva a rogar por perdón y ayuda en la lucha contra el pecado. Y por el otro lado, el conocimiento de la gracia, de la inmerecida bondad de Dios. Atraída por el Evangelio la persona acude “al trono de gracia”, o sea, a Cristo y a sus Medios de Gracia, buscando y recibiendo allí el perdón. Esto es sumamente importante en nuestra vida espiritual; por eso el Señor nos enseña esta oración.

    Si el hombre tiene todas las cosas que necesita para la vida y la devoción, pero le falta la vida ante el trono de la gracia, entonces todo es falso e inútil. El Señor Jesucristo se refiere a esto cuando le dice al ángel de la iglesia de Éfeso: “Tengo contra ti, que has dejado tu primer amor” (Ap.2:4).

    El “primer amor” es el amor del compromiso. Y en lo espiritual, es el amor del que acaba de obtener el perdón, y del que ama por causa del perdón recibido. Por eso Jesús también dijo: “Sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho”. “Aquel a quien le perdonó más… le amará más” (Lc.7:42-47).

    Esto es lo primero que esta oración quiere enseñarnos. El Señor instruyó a sus seguidores a rogar en esta oración diaria: “Perdónanos nuestras deudas”.

    Ahí vemos, ante todo, que sus seguidores tienen esta característica, es decir siempre tienen la necesidad del perdón, porque sienten y se preocupan por sus pecados.

    Jesús no pudo haber querido que esa oración fuese una expresión vacía; una frase hueca que no expresa ninguna aflicción real, o sea: una hipocresía.

    Jesús quiso que esta frase fuera la expresión sincera de una preocupación real. ¡Quiera Dios infundirnos rechazo a la hipocresía de seguir recitando esta oración, sin sentirnos preocupados por ningún pecado en nosotros!

    Esta oración nos enseña que los verdaderos cristianos debieran tener constantemente conciencia de sus culpas, y sentir una continua necesidad de recibir la seguridad del perdón. Esto es lo primero que hemos de reflexionar y aprender seriamente.

    En segundo lugar, hay cristianos que, aunque tienen y valoran la luz del Evangelio, raras veces se sienten espiritualmente libres. No sienten la paz y el poder de la liberación de sus pecados, que acompaña a la verdadera fe. Saben bien, porque lo ven declarado en las Escrituras, que los creyentes todavía tienen pecados, que la carne lucha contra el Espíritu, etc. Pero, cuando surgen en ellos deseos realmente pecaminosos, quedan perplejos y pierden su confianza.

    Piensan que si fuesen verdaderos cristianos, esos malos deseos no debieran surgir más en sus corazones. Eso revela que en su fuero íntimo piensan que los verdaderos cristianos están libres de pecados reales y concretos. Todas las veces que esas personas oran: ”perdónanos nuestras deudas”, debieran despertar para ver su error, y entender que los cristianos aun tienen verdaderos pecados. Porque si no existiesen, tampoco habría necesidad de pedir perdón.

    En la oración que Jesús enseñó a sus más íntimos discípulos, y que todo fiel discípulo debe orar diariamente, nos hace decir: “Y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Ahí vemos que hasta a sus más fieles seguidores aún les afligen verdaderos pecados.

    Notemos que Cristo no tuvo el pensamiento de que sus seguidores estuviesen libres de pecados; por el contrario, sabía que siempre seguirían afligiéndose por los mismos.

    En tercer lugar, el Señor realmente se propuso y quiere perdonarnos nuestros pecados. Por eso nos enseñó esta oración. Notemos que Él dispuso un perpetuo perdón para sus seguidores. Recordemos entonces que nuestro fiel Salvador dijo: “Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos… ¡Perdónanos nuestras deudas!” Esto demuestra que Él efectivamente quería perdonarlos.

    Aquí encontramos un poderoso consuelo. El Señor nos enseñó a rogar por algo bien definido, y Él quiere darnos el beneficio que Él mismo nos enseñó a pedir. ¿O podemos imaginarnos que el fiel Salvador, que derramó su sangre para la remisión de nuestros pecados y que nos enseñó a rogar por esa remisión, nos la negaría cuando vamos y hacemos exactamente lo que Él mismo nos enseñó hacer y pedir? En este asunto tan importante para nuestras almas, ¿se burlaría de esa manera de nosotros? ¿Haría eso Él, que vino al mundo movido solamente por su amor y misericordia, y que derramó su sangre por nosotros?

    ¿Quién es, entonces, el que nos deja tan inseguros en este asunto? ¿Quién tortura nuestros corazones con oscuridad e incertidumbre en cuanto a la gracia de Dios, de modo que casi nunca estamos realmente tranquilos y contentos? ¿No debiéramos darnos cuenta que es el enemigo de nuestras almas, y en lugar de oírlo a él confiar en la fidelidad de Cristo, y así descansar en su perdón?

    Publicado por editorial El Sembrador