1.Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.Lc. 22:42
Cuando nuestros ojos espirituales son abiertos, podemos ver qué es lo que Dios quiere en primer lugar, lo que Él desea en su corazón más que ninguna otra cosa. Comprendemos que Él está ansioso por nuestra salvación; por ese motivo se hizo hombre, y se ofreció a Sí mismo en sacrificio. Sudó sangre, permitió que lo torturasen, fue crucificado y muerto…
Puesto que Dios está tan interesado en nuestra salvación, qué gran consuelo podemos tener cuando oramos: “Hágase tu voluntad, no la mía”. Sobre todo, necesitamos saber y creer firmemente que Dios quiere salvarnos y darnos eterna felicidad; y que no cambiará, sino que querrá lo mismo siempre: Hoy, mañana y todos los días.
Dios desea de todo corazón que tú seas salvo. Por ese motivo, Él permitirá que padezcas muchos amargos sufrimientos. Solamente porque quiere tu eterno bienestar, Dios permitirá que tu hombre exterior sufra pérdidas, y que te sobrevengan accidentes o desastres por cierto tiempo. A veces será necesario que pases por experiencias muy amargas. Puede suceder que Él permita que pierdas lo que más amas en este mundo; cosas a las cuales tu corazón está apegado, y que te resultan las más atractivas en la vida. La muerte puede quitarte a tu mejor amigo, o a tu querida pareja, o a un amado hijo. Otro puede perder todos sus bienes materiales en poco tiempo. La maldad puede quitarte incluso algo más importante que el dinero: Tu buena reputación. Algunos sufren enfermedades incurables, y así podríamos hacer una larga lista, con las amargas experiencias que los peregrinos debemos sufrir, en nuestro paso por el valle de lágrimas, que es este mundo.
Tu ánimo puede sucumbir fácilmente si pones la atención sólo en lo que ves y experimentas. Pero si con Asaf puedes entrar “al santuario de Dios” (Sal.73:17), y comprender el verdadero sentido de esta vida, la importancia de la eternidad, y la misericordiosa voluntad de Dios… y especialmente, si puedes darte cuenta de que Él desea tu salvación -cuando permite que pases por diversas pruebas-, entonces, “guardarás silencio ante la presencia del Señor”. Lo adorarás, y considerarás hasta las más amargas experiencias como una gran misericordia. ¿Sabes cuánto sufrimiento hace falta para la salvación de tu alma? Te lo pregunto de nuevo: ¿Sabes cuánto sufrimiento hace falta para tu salvación? Ponte a pensarlo. ¿Si el fiel Dios tiene la firme intención de salvarte, de hacerte eternamente feliz en el cielo, te desanimarás porque Él necesita tomar medidas que te causen sufrimientos? Seguramente has experimentado la gran pereza y la debilidad de tu carne, cuando intentabas combatir el pecado y practicar el bien. Más de una vez habrás clamado desde lo profundo: “Señor, no puedo velar ni combatir contra los malos deseos de mi carne como debería. ¡Por favor, ayúdame! ¡Hágase tu voluntad! Tú has prometido santificarme”. Entonces el Señor responde a tu oración, y no encuentra otro medio mejor para combatir el mal que mora en ti, que enviándote ese sufrimiento. ¿Y tú quieres desesperar? Oh no, antes pídele a Dios que te dé un espíritu sumiso y mucha paciencia, para que en medio de la dura lucha contra tu carne pecaminosa, puedas orar: “Padre, hágase tu voluntad, no la mía”. De esta manera podremos sobreponernos a la muerte, evitar ser atrapados por las vanidades de esta vida, y poner la mira en la vida eterna.
La oración de Cristo en Getsemaní, en primer lugar, fue parte de lo que nuestro Salvador tuvo que sufrir para redimirnos. Pero, en segundo lugar, también es un ejemplo para nosotros. La proximidad de la tortura y los horrores de la crucifixión, arrancaron del corazón de Jesús el ruego: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa”. Sin embargo, Él agregó: “Pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mt.26:39). Esta actitud fue decisiva para alcanzar la victoria. Por eso Él pudo decir después: “La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?” (Jn.18:11). Cuando uno se ha resignado, los sufrimientos se hacen más llevaderos.
“Pero –dicen algunos- cómo puedo estar seguro de que mi sufrimiento viene de parte de Dios? Sé perfectamente qué persona me está haciendo daño…” Respondo: “Dices eso porque no crees en el único Dios. Por el paganismo natural de tu corazón piensas que existe un Dios bueno y otro malo, y que la gente puede actuar más allá del control de Dios. Sin embargo, la Biblia nos enseña que hay un solo Dios, que tiene todo poder en el cielo, en la tierra y en el infierno. El diablo no pudo ni siquiera tocar a Job, sin tener antes el permiso de Dios. Así tampoco nadie puede hacer caer ni siquiera un cabello de tu cabeza, si Dios no lo permite. Puedes estar seguro de que los daños y sufrimientos que otras personas te causan, han sido permitidos por tu Padre celestial. No tienes que mirar solamente las apariencias, sino ver a Dios en todos lados. La Biblia dice que Dios nos envía el sufrimiento, aunque sean personas malvadas las que nos hacen sufrir. David lo tomó de ese modo, cuando el perverso Simei lo maldijo. En vez de vengarse, el rey David dijo: “Dejadle que maldiga, pues Jehová se lo ha dicho. Quizás mirará Jehová mi aflicción, y me dará Jehová bien por sus maldiciones de hoy” (2 S.16:11-12).
Las peores maldades e injusticias se cometieron cuando Jesús fue torturado y crucificado; sin embargo, Él se refirió a eso como “la copa que el Padre me ha dado para beber” (Jn.18:11). Y piensa en lo que dijo Jesús, que ni siquiera un cabello de nuestra cabeza cae sin la voluntad de nuestro Padre… ¿qué puede sucedernos sin que Dios lo permita? ¿Qué puede ser menos importante que un cabello? ¡Oh, en qué lamentable incredulidad caemos, cuando no tomamos en serio estas palabras de Cristo! El ha dicho que nuestro Padre celestial tiene cuidado aún de las cosas más pequeñas que nos pueden suceder, y que ni siquiera el hecho más insignificante puede suceder sin su permiso…
¿No deberíamos encomendar todo a Dios, y con un espíritu dócil tan sólo decir: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”?