1 de mayo 2026

    1.Y el efecto de la justicia será paz.Is.32:17

    Martín Lutero dijo: “Una conciencia realmente buena, tiene paz cuando Dios está cerca, pero teme cuando Dios parece estar lejos”. Los creyentes se sienten consolados cuando Cristo se revela en la Biblia. Los incrédulos al contrario, le temen.

    Cuando vemos a Cristo en la Biblia, los creyentes nos tranquilizamos. Pero a los incrédulos les horroriza el solo pensamiento de que sea cierto lo que las Escrituras dicen de Jesucristo. ¡Por favor, préstale mucha atención a esta característica! Es un claro indicador de tu verdadera situación frente a Dios. Si sueles presentarte ante el trono de gracia, para confesarle a Dios tus culpas y buscar el perdón por medio de Jesús, eso demuestra que estás reconciliado con el Juez. Pero si te mantienes alejado de Dios y no le hablas de tus pecados, eso demuestra lo contrario… Las cosas no estaban en regla con el rey David mientras se mantenía alejado de Dios, sin confesarle su pecado de adulterio y homicidio. Pero por el contrario, tan pronto confesó y obtuvo perdón, recobró tanta paz que pudo cantar lleno de alegría: “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada” (Sal.32:1).

    Por eso David dijo que los santos deben confesar sus pecados, para que “en la inundación de muchas aguas, éstas no lleguen a él” (Sal.32:6). Y con eso nos da a entender que la paz de los santos no radica en el hecho de que no tengan ninguna culpa, sino sólo en el hecho de que confiesan sus pecados y obtienen perdón. La paz de la conciencia depende directamente del perdón de los pecados.

    Pero no todas las veces que Dios nos abandona significa que esté enemistado con nosotros. Como se puede deducir fácilmente de los salmos de David y de la historia de todos los santos, Dios también puede afligir y angustiar a sus hijos, de modo que no sientan otra cosa que el enojo de Dios contra ellos, lo cual los hace temblar y clamar con el corazón en agonía.

    Notemos, sin embargo, la diferencia: Esto último es algo temporal y transitorio. La verdadera vida del cristiano es de paz y confianza en Dios. Como dice el apóstol: “El ocuparse del Espíritu es vida y paz”. Y también: “…no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Ro.8:6; 8:15).

    Los hijos de Dios aún sienten temores de vez en cuando, porque aún caen en pecado y por debilidad de su fe. Y a veces también por las duras aflicciones de parte de Dios. Sin embargo, no hay nada malo en eso, mientras su vida en general sea la de fieles reconciliados, como lo demuestra la historia de los santos. Por el contrario, sería una señal bastante extraña si la fe y la paz de los fieles nunca se viese sacudida por adversidades como las mencionadas.

    Es muy diferente cuando alguien vive normalmente alejado de Dios en la vida real y se estremece con el solo pensamiento del Juicio. Eso evidencia un espíritu falso y enemistado contra Dios. Esa es la razón por la que “los impíos son como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto… No hay paz para los impíos” (Is.57:20-21).

    La mayoría de los incrédulos están tan profundamente dormidos y embelesados por una paz falsa, que “saltan al son de tamboril y la cítara, y se regocijan al son de la flauta. Pasan sus días en prosperidad, y en paz descienden al Seol”, como dice Job 21:12-13.

    Sin embargo, otros se dan cuenta de su estado de enemistad contra Dios y tienen un secreto presentimiento de lo que les espera. Estas personas pueden tratar de tranquilizar sus conciencias haciendo obras de caridad, ceremonias y ritos religiosos. Pero el solo pensamiento del Juicio venidero y de la eternidad los inquieta siempre de nuevo. Nunca pueden estar seguros de haber hecho lo suficiente para salvarse. Siempre temen que todavía les falte algo por hacer. A veces sueñan que en el futuro todo será mejor. Otras veces tratan de reducir los requisitos de Dios y de acomodarlos a su estado de vida, y así se atreven a esperar un juicio favorable. Es como si su alma estuviese flotando hacia arriba y hacia abajo en las olas de un embravecido mar, y como si Dios les dijese: “¡No tienen paz!” Y cuando de pronto la muerte, la eternidad o la presencia del Señor les abren los ojos, se quedan aterrados.

    Así le va a la mayoría. Parece que tienen paz, mientras no perciben ninguna señal de Dios; pero en el momento en que toman conciencia de la proximidad del Señor, se acaba su paz. ¡Qué estado tan infeliz!

    Quiera cada cual examinarse y preguntarse con toda sinceridad: ¿Estoy en paz con Dios? ¿Busqué y hallé la reconciliación en Jesús? ¿Puedo presentarme ante el Juez Supremo en este momento? En general, ¿tengo más paz cuando Dios parece estar cerca, y en cambio sufro cuando siento su ausencia? ¿O para poder estar en paz necesito olvidarme de Dios? Las respuestas a tales preguntas revelarán nuestro estado espiritual.

    Publicado por editorial El Sembrador