1 de marzo 2026

    1.¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?Ro.2:4

    Aquí tenemos una palabra que debe despertar la razón de todos. ¿Quién puede expresar todo lo que contienen estas palabras: “Las riquezas de la benignidad, paciencia y longanimidad de Dios”? Tenemos aquí todo un mundo de beneficios, misericordia y piedad de Dios. ¡Qué inmensa evidencia para el alma que todavía no cedió al arrepentimiento! La benignidad es la amorosa disposición de quien desea servir continuamente a otros, aun a desconocidos o indignos. La persona a la cual la benignidad convierte en objeto de compasión puede ser muy indigna del amor; porque la benignidad sólo desea hacer bien y no toma en cuenta los méritos o la falta de méritos del otro. La benignidad de Dios “hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos” (Mt.5:45). La benignidad de Dios es la inagotable vertiente de la que fluyen perpetuamente todos sus beneficios hacia nosotros.

    La paciencia hace que Él soporte la ingratitud y otras injusticias y que no se enoje rápidamente. Y longanimidad es la paciencia practicada durante largo tiempo. La longanimidad de Dios indica que Él es muy lento en tomar una resolución de ira y castigo. Esto lo demostró a los judíos, cuando por muchas generaciones les tuvo paciencia y los soportaba cada nuevo día y momento.

    Sufría con paciencia la ingratitud y los pecados de ellos. Por su longanimidad siguió soportando a esos desagradecidos durante mucho tiempo; sí: durante milenios. Y los pecados en que persistieron durante tanto tiempo no pudieron agotar su paciencia, de la que el propio Señor declara (Ro.10:21):“Todo el día extendí mis manos a un pueblo rebelde y contradictor”.

    El apóstol dice que Dios no solo tiene o muestra benignidad, paciencia y longanimidad, sino que también es rico en esas cualidades. Habla de las riquezas de la benignidad, paciencia y longanimidad de Dios. Son palabras que señalan la grandeza, extensión y abundancia de la benignidad, paciencia y longanimidad que Dios abriga en su corazón. La riqueza de esas virtudes la demuestra también cuando Él, el Todopoderoso que no nos necesita y que está infinitamente por encima nuestro, no obstante trabaja y se fatiga con nosotros, que somos injustos, ingratos y porfiados, sólo para poder hacernos bien.

    Sí, las riquezas de la benignidad, paciencia y longanimidad de Dios son tales, que el intelecto humano no llega a comprenderlas.

    El hombre frecuentemente duda de la existencia de un Dios que aborrece el pecado, al ver que Él deja impune a los malvados tanto tiempo. Tales dudas surgen sólo porque el hombre no puede comprender la inmensidad de la paciencia y longanimidad de Dios. Sin embargo debiéramos tener presente que tan grandioso y rico como Dios se manifestó con su omnipotencia y sabiduría en su creación, tan grandioso y rico es también con su gracia y piedad. Levanta tu vista al cielo. ¿Puedes contar las estrellas, esos enormes cuerpos celestiales? ¿Puedes medir el agua del mar? Pues, tan grande como es Dios en su creación, tan grande es también en su benignidad, paciencia y longanimidad. Esta es la única razón por la que su justo castigo todavía no ha fulminado a un mundo tan lleno de pecado e ingratitud como el nuestro.

    ¿Qué hacer entonces, siendo que Dios es tan grande en su gracia y misericordia? ¿Hemos de desafiarle tanto más, y pecar tanto más atrevidamente contra Él? ¡Dios nos guarde piadosamente de eso!

    El apóstol pregunta: “¿Menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que la benignidad de Dios te llama al arrepentimiento?” ¿Menosprecias? Esto ocurre, cuando respondes a su benignidad perseverando en una vida de pecado. Cuando tan irresponsablemente te olvidas de todo lo bueno que continuamente recibes de Él, que ni siquiera reflexionas, no te arrepientes ni te detienes en tu error.

    Si la benignidad y piedad de Dios fuesen moderadas, también sería una maldad moderada despreciarlas. Pero despreciar a un ser muy piadoso y bueno, sin duda nos llevará a un horrendo fin. ¿Cuál es, entonces, la verdadera intención y voluntad de Dios, cuando nos demuestra su inmensa piedad? El apóstol responde: ¡Nos llama al arrepentimiento!

    Es tu arrepentimiento lo que Dios busca con la benignidad y paciencia que te tiene. Sí, tu arrepentimiento; un cambio en tu mente: que reconozcas haber pecado contra un Dios tan generoso; que admitas haberlo despreciado tanto tiempo; que lo sientas tanto que te apartes de tus pecados y caminos equivocados, busques el perdón y la reconciliación con Él, y desees de aquí en más ser suyo solamente, por el resto de tu vida. Esto es arrepentimiento. ¿Cuándo esto no ocurre, qué estás haciendo? El apóstol dice que estás menospreciando a Dios y su gran benignidad, ignorando sus propósitos. Tu mente está tan entenebrecida, confundida y pervertida, que no puedes concebir ni entender que la piedad de Dios te está llamando al arrepentimiento.

    Publicado por editorial El Sembrador