1.Todo aquel que ama, es nacido deDios. 1 Jn.4:7b El hielo y la nieve no se pueden calentar. Es imposible entibiarlos sin que se derritan y se conviertan en agua. También es imposible amar verdaderamente a Dios y al prójimo, sin que el alma haya sido previamente convertida; sin un corazón nuevo, que sabe amar por sí mismo. El amor es un abnegado afecto, que nace del corazón. Por más que uno se esfuerce, no puede obligar a su corazón a amar lo que no quiere amar. Por eso, pedirle a alguien que no ha nacido espiritualmente de nuevo que ame a Dios, es insensato. El apóstol Pablo dice claramente que “los designios de la carne son enemistad contra Dios, porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Ro.8:7). El amor a Dios que una persona imagina poseer antes de su nuevo nacimiento, es pura ilusión, presunción y fantasía. La gente ama a Dios sólo mientras Éste dice y hace lo que les gusta. Pero tan pronto como los pone a prueba, o les exige hacer algo que les desagrada, protestan contra Él y critican sus Mandamientos como demasiado severos. Tampoco saben amar al prójimo como a sí mismos, sino que siempre están más interesados en su propio beneficio, que en el de los demás. Así es el corazón humano por naturaleza. Así son todos sin excepción.
Y si alguien pregunta: “¿Qué debo hacer para tener un corazón nuevo, un corazón que sepa amar como Dios manda?” Tome nota: Nunca nadie aprenderá a amar verdaderamente a Dios, sin conocer primero el gran amor de Dios; ese Amor tan fervoroso que derrite el frío corazón humano. Nadie debe tratar de demostrarle primero amor a Dios, sino que debe comenzar recibiendo Su Amor.
Como dice San Juan: “En esto consiste el amor: No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros” (1 Jn.4:10). Y Jesús declara: “No me elegisteis vosotros a Mí, sino que Yo os elegí a vosotros” (Jn.15:16).
El amor divino puede cambiar toda nuestra vida. Es un amor que nos abarca y salva íntegramente; un amor que nos transmite vida para el tiempo y para la eternidad. Amor que se manifiesta en la redención obrada por nuestro Señor Jesucristo; en el perdón de todos nuestros pecados, y en nuestra adopción como hijos de Dios.
De este Amor habló Jesús en la casa del fariseo Simón (Lc.7:36-50). Relata el evangelio que entró a la casa una pecadora de mala fama, que cayó a los pies de Jesús, comenzó a regar sus pies con lágrimas, y a enjugarlos con sus cabellos. Los fariseos se quedaron asombrados y escandalizados, pero Jesús dio la siguiente explicación: “Un acreedor tenía dos deudores. Uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta. Y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Dí, pues, ¿cuál de ellos le amará más? Respondiendo Simón dijo: Pienso que aquél, a quien perdonó más. Y Él le dijo: Rectamente has juzgado. ¿Ves esta mujer? Te digo, que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho” (vs. 41-47).
Vemos aquí el significado de las palabras del apóstol: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Ro.5:20). ¡Eso causa la enorme gratitud del pecador! Cuanto más la Ley demanda y obliga a la conciencia, tanto más sentimos sus acusaciones. Cuanto mayor es la culpa que sentimos, tanto mayor es también la gracia que la cubre enteramente y nos concede el perdón de todos nuestros pecados. Y cuanto mayor es la gracia obtenida, tanto mayor es también nuestro amor, tanto más intenso nuestro gozo y gratitud.
Este es el orden imperante en el Nuevo Testamento: Dios nos ordena amar aun a nuestros enemigos, y a amontonar ascuas encendidas sobre sus cabezas haciéndoles el bien (Ro.12:20); y Él hace primero lo mismo con nosotros. Dios “derrite” nuestros corazones y los conquista con las brasas encendidas de su sobreabundante gracia. Y entonces, sólo entonces y nunca antes, nosotros comenzamos a retribuir su amor. Porque Dios derramó su amor en nuestros corazones por el Espíritu Santo que recibimos, somos convertidos, y podemos amar a todos los seres humanos con un amor enteramente nuevo.
El amor al prójimo se manifiesta en la caridad y en el afecto fraternal. La caridad es amar a todos los seres humanos y hacerles todo el bien que podamos, auxiliándolos en cualquier necesidad. Este amor no presupone ninguna confianza o amistad, porque no demanda nada del ser amado. Acerca de este amor dijo Jesús: “¡Amad a vuestros enemigos… haced bien a los que os aborrecen!” (Mt.5:44). Es natural que sólo amemos a nuestros amigos y a las personas “amables”. Pero no debe ser así. A los cristianos nos alcanza con saber que los demás son criaturas del mismo Padre celestial, y han sido redimidos por la misma sangre que nosotros. Estas son poderosas razones para amar a los demás, considerándolos como hermanos y hermanas.
La segunda especie de amor cristiano es el afecto fraternal. Este amor une a todos los hijos de Dios, a los fieles creyentes de Cristo de todo el mundo, en una inmensa y bendita comunidad; en una familia de sinceros hermanos y hermanas en la fe, ligados por un íntimo lazo de afecto espiritual. Este amor supera los límites denominacionales, las costumbres, razas, idiomas y condiciones sociales.
Lo más importante es la fe en Cristo y la condición de hijos de Dios, nacidos de Dios. El fundamento del amor fraternal es solamente éste: “Todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por Él” (1 Jn.5:1). Por eso Cristo dijo claramente que este amor es la marca de sus verdaderos discípulos, como leemos en Juan 13:35: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”. Porque los hipócritas pueden imitar todo lo demás, excepto el amor fraternal, que solo pertenece a los nacidos de Dios.