1 de julio 2026

    1.También nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación.Ro.5:11

    Aquí el apóstol Pablo resume la bienaventuranza que se puede sentir en la comunión con el que es la fuente y el origen de toda felicidad, es decir, Dios mismo. El propio Dios es nuestro Amigo y Padre. Y esto trae seguridad y felicidad eternas. En primer lugar, porque Dios es mayor que todos sus dones.

    La amistad de Él vale más que la bienaventuranza eterna en el cielo. En efecto, Dios mismo es el sol que irradia esa bienaventuranza eterna en el cielo. Por lo que su amistad es la verdadera fuente del gozo de los creyentes. En segundo lugar, porque en Él están incluidos también todos sus dones. También en él tenemos nuestra justicia y fortaleza, nuestra paz y seguridad. Dios es nuestro Padre. Y toda la riqueza y seguridad de los hijos descansa en las manos de su Padre. “Y si somos hijos, somos también herederos” (Ro.8:17). “El que no escatimó ni a su propio Hijo… ¿cómo no nos dará con Él también todas las cosas?” (Ro.8:32). De modo que si tienes el favor del propio glorioso, y todopoderoso Dios, sin duda tienes que sentirte feliz todo el tiempo. Aun si eres el más pobre entre los hombres, serías el más rico. Aun si eres el más humilde y despreciado, serías el más importante. Si eres el más solitario y postergado, con Dios estarías siempre en la más gloriosa compañía. Por eso David y otros santos se regocijaron en Dios mismo como en su mayor Auxilio y Tesoro. Dice en el Salmo 34:2: “En Jehová se gloriará mi alma”. En Jehová, nuestro Señor, hemos de gloriarnos todos los días, porque Él es todo lo que necesitamos. Nuestros corazones han de repetir como un eco: “Jehová es mi roca y mi fortaleza, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en Él confiaré; Mi escudo, y el fuerte de mi salvación, mi alto refugio; Salvador mío; de violencia me libraste” (2 S.22:2-3).

    Así debieran adorar y exaltar a su Dios todas las almas justificadas. Como dice el profeta: “En Jehová será justificada y se gloriará toda la descendencia de Israel” (Is.45:25).

    “Por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación” (Ro.5:11). El apóstol repite continuamente que poseemos la bondad de Dios, la seguridad de la salvación y la gloria eterna, sólo gracias a nuestro Señor Jesucristo y a su sacrificio expiatorio. Es sumamente necesario tener esto siempre en claro. Toda nuestra confianza en Dios; la alabanza de su Nombre, de su bondad y el gozo por la eterna bienaventuranza se esfuman enseguida ni bien desviamos nuestra vista de esta única fuente y causa válida, y comenzamos a mirar nuestro propio mérito. Pues entonces aparecen nuestros pecados y toda nuestra indignidad, y enseguida perdemos el ánimo. Se acaba el regocijo y el gloriarse en Dios. Por eso, tengamos siempre presente que toda esa bondad, por la que glorificamos a Dios, diciendo que Él, es nuestro, con todo lo que es y posee, y esto de pura gracia, se fundamenta únicamente en la recon ciliación obrada por nuestro Señor Jesucristo. No se debe a ninguna virtud o dignidad de nuestra parte. No; descansa solamente en el eterno e inmerecido amor, por el que Dios entregó a su Hijo por nosotros cuando todavía éramos impíos, “pecadores” y “enemigos” (Ro.5:8,10).

    Reflexionemos en lo que significa que Dios primero nos creó para que fuésemos sus “hijos y herederos”, y luego también nos dio a su propio Hijo, para que fuese nuestro Salvador cuando todavía éramos impíos “enemigos”, y que “fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Ro.5:10). Este es un fundamento firme para el eterno consuelo de los pobres pecadores. No fluctúa ni cae con nuestras fluctuaciones y caídas. Siempre permanece firme y sólido. Dios hizo muchísimo. Nos convirtió de enemigos en amigos. Considera si ahora podría hacer menos, ¿y tratarnos todavía como enemigos? Ahora, después de haber sido redimidos a tan alto precio, ¿acaso no nos tratará como a hijos reconciliados? En otras palabras: Ya no tomará en cuenta nuestros pecados, ni nos juzgará conforme a la Ley, sino que siempre se mostrará benigno y compasivo con nosotros, para llevarnos a la bienaventuranza eterna, para la cual nos creó originalmente, y para la que luego también nos redimió a gran precio. Es necesario que nos gloriemos siempre en Dios; o sea, que conservemos siempre una profunda, real y feliz confianza en su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. De Él depende la vida espiritual de todo cristiano. Es necesario recordar siempre el significado de esas preciosas palabras (Ro.5:10): “…por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación”. Esto es particularmente necesario cuando nuestro corazón se torna duro y frío frente a Dios, como ocurre a veces, cuando nos desviamos y alejamos de Él. Pero luego sobreviene la desgracia, para que sintamos la necesidad de orar. Entonces imaginamos que Dios también se vuelve duro y frío con nosotros; que no se preocupa más por nosotros; que no nos ve, ni oye nuestros ruegos.

    Es ahí cuando hace falta recordar que esa imagen de Dios es equivocada; que es una horrible distorsión. Y surge sólo de nuestro corazón porfiado y frío, por inspiración del diablo. Porque el propio Señor, nuestro Dios, nos reveló una imagen bien diferente de sí mismo; es decir, la imagen de un Dios de eterno e inmenso amor, que sacrificó a su propio amado Hijo por nosotros, y que en todo momento sigue amando a los que confían en Él. Dios se nos manifestó como un piadoso Padre, que en todo momento está cerca de nosotros, y que ve nuestras necesidades y nuestros problemas. Y aun cuando por algunos momentos se oculta de nosotros y hace esperar su ayuda, no obstante siempre se complace en hacernos bien. Nunca puede mostrarse frío e indiferente hacia quienes fueron reconciliados y justificados a tan alto precio, por medio de su amado Hijo.

    Publicado por editorial El Sembrador