1 de febrero 2026

    1.Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.Ro.12:1

    El apóstol derriba la falsa pretensión de los que ante el mundo profesan amar y temer a Dios, mientras que en sus vidas sirven al pecado con su cuerpo y modo de ser. Basados en estas palabras podemos decirles a esas personas: “No puedo saber si realmente crees en Dios mientras no demuestres que le sirves con tu cuerpo y sus miembros”.

    Casi todo el mundo dice que, en el fondo, es bueno; que cree en Dios y lo respeta. Sin embargo, al mismo tiempo los vemos sirviendo desenfrenadamente al pecado y aferrados a sus ídolos. Pero el apóstol en cambio dice: -¡Eso no es servir al Señor! Sino que, deben presentarle sus cuerpos en sacrificio vivo y servirle con todos sus miembros. Los sacrificios visibles demostrarán que realmente aman a Dios.

    Analicemos detenidamente qué pasa cuando le presentamos a Dios nuestros cuerpos en sacrificio vivo. Ciertamente, miles de cristianos presentaron sus cuerpos en sacrificio vivo, cuando dejaron quemar o torturar sus cuerpos, ¡hasta morir como mártires por amor de Jesús! Pero, en cierto sentido también le presentamos nuestros cuerpos en sacrificio vivo al Señor, cuando por amor a Él crucificamos nuestra carne con sus malos deseos y concupiscencias.

    Le ofrecemos nuestro cuerpo al Señor cuando usamos nuestros miembros y sentidos a su servicio. Por ejemplo, cuando con nuestra boca exaltamos Su gloria y hablamos lo que beneficia y edifica a nuestro prójimo. Cuando engrandecemos su Nombre, lo alabamos y lo damos a conocer. Cuando en todo momento decimos la verdad y lo que es provechoso a los demás. O también cuando usamos nuestros ojos y oídos para aprender cosas con las que podemos glorificar a Dios y promover el bienestar de nuestros prójimos.

    Cuando protegemos a otros contra cosas vanas e inútiles; cuando nuestras manos hacen lo que es bueno y recto, tanto en nuestra vocación, como en obras de caridad para los necesitados; o cuando nuestros pies nos llevan contentos a cumplir las instrucciones del Señor, haciendo obras de bien. En resumen, cuando por amor al Señor y movidos por su piedad hacia nosotros, sufrimos y hacemos lo que Él espera de nuestra vocación y devoción. Así consagramos nuestro cuerpo al Señor.

    Esto incluye una crucifixión perpetua de nuestra carne, pues si queremos servir al Señor, no debemos obrar más de acuerdo a nuestro propio gusto y placer, a nuestra comodidad, conveniencia y opinión; sino que debemos mortificar nuestro egoísmo natural todo el tiempo. Podríamos conquistar o conservar la amistad, el respeto y el aprecio del mundo pagano, pero por amor de Jesús tenemos que renunciar a esas cosas. Además, el celo por la causa de Cristo nos expone a desprecios y abusos. En nuestra vida diaria, debemos luchar y resistir las tentaciones al pecado, y mortificar nuestros malos deseos.

    Cuando somos tentados a la impaciencia y a los arrebatos de ira… al egoísmo y a la deshonestidad… al libertinaje y a la lascivia… al orgullo, vanidad, envidia, calumnia y cosas parecidas… en esos momentos, al no dejar aflorar esos pecados en nuestro trabajo y en nuestra conducta, y al mortificarlos, perseverando en la oración y sobriedad espiritual, ¡también estamos presentando nuestros cuerpos en sacrificio vivo! Y en nuestro texto, el apóstol nos amonesta a presentar tales sacrificios, por las misericordias de Dios.

    Cuando realmente resistimos a los poderosos deseos de nuestras pasiones, nos damos cuenta que se trata de un penoso sacrificio. Uno mismo es el “sacerdote oficiante”, que se ofrece y entrega a sí mismo en sacrificio, como lo hizo nuestro propio Señor Jesucristo. Lutero observa acertadamente: “El título sacerdote puede ser honroso y fácilmente mencionado y alabado por la gente. Pero el sacrificio en sí es raro y todos le tienen miedo, porque está en juego la vida y la propiedad, el honor, los amigos y todo lo que se posee, tal como lo fue para Cristo en la cruz. Y nadie prefiere la muerte a la vida, la pena al placer, la pérdida a la ganancia, la vergüenza al honor, o la enemistad a la amistad. Cristo, sin embargo, lo hizo así en la cruz y nosotros hemos de seguirle. Y no hemos de hacer esas cosas por nosotros y para nuestro beneficio, sino por el bien de nuestro prójimo y para la gloria y alabanza de Dios. Fue por eso que Cristo sacrificó su cuerpo”.

    Para que no nos cansemos, ni temamos hacer ese sacrificio, sino que podamos perseverar paciente y voluntariamente, realmente es necesario tener una fuerza grande para ello, un poder y ayuda sobrenatural, por lo cual es necesario orar seria y diligentemente.

    En cuanto a la fuerza, la mayor y más duradera, sin duda, es la que el apóstol menciona al comienzo de su exhortación, o sea: Las eternas misericordias de Dios.

    Lo que en todo tiempo debe inspirarnos el deseo y la fuerza de presentar ese sacrificio es únicamente el continuo favor o la eterna misericordia de Dios; tener muy en cuenta lo que Dios hizo y hace por nosotros y por todo el mundo, en su eterna misericordia: Cuando aun éramos sus enemigos, entregó a su propio Hijo por nosotros, para que “así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de Uno, los muchos sean constituidos justos” (Ro.5:19). Por medio de su Hijo Dios nos da un Reino de Gracia, en el cual los pecados jamás serán tenidos en cuenta a los que creen en Él. ¡Y después de esta miserable vida terrenal, en su misericordia Dios nos quiere llevar al cielo y darnos la felicidad eterna! Quien de corazón cree esto, puede llegar a ser un mártir: Siempre se sentirá contento, animado y motivado a seguir presentándose en sacrificio.

    Publicado por editorial El Sembrador