1 de enero 2026

    1.Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.He.13:8

    Sin duda, al creyente le sirve de mucho consuelo saber que, a pesar de todos los cambios que se producen en el mundo con el correr del tiempo, Cristo siempre es y seguirá siendo el mismo de ayer, hoy y siempre. Y qué consigna mejor para que el cristiano emprenda el año nuevo, que esta: ¡Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos!

    Tú que conoces a Cristo y has llegado a saber que el Señor es bueno; tú que has experimentado, probado y visto lo bondadoso que es el Señor; cuán rico es Él en gracia y misericordia; cuán fiel y poderoso es para remediar todos los males…piensa que hoy tanto como ayer, este año que se inicia como el que acaba de concluir, y también por toda la eternidad, este Cristo es siempre el mismo. Para Él no existe la posibilidad de cambiar. Él es el “Padre de las eternidades”, totalmente inmutable. Él es el mismo en cualquier cambio de tiempos y estaciones.

    Es solamente mientras estamos aquí abajo, en este mundo, que se producen alteraciones y cambios dentro de nosotros, en nuestras percepciones, pensamientos y sentimientos. Pero en medio de todo ello Cristo permanece inmutable, siempre igual.

    Si recordamos que Él, sin mérito alguno de nuestra parte, nos ha perdonado nuestros pecados; que nos justificó sólo por gracia cuando aún éramos impíos… entonces podemos alegrarnos pensando que hará lo mismo todos los días. Así como nos ha consolado en el pasado, cuando no merecíamos su consuelo, sino su rechazo y castigo, así también desea consolarnos, en forma igualmente inmerecida, hoy en día.

    Si recordamos que Él nos redimió de la perdición, cuando no poseíamos el menor poder de librarnos por nuestros propios medios, entonces podemos estar seguros de que Él quiere y puede hacer lo mismo todavía hoy.

    Si confiesas: “Antes yo estaba perdido, confundido y asustado como una oveja descarriada; pero Jesucristo, mi buen Pastor, me buscó, me llamó por medio de su Palabra, y me trajo de regreso…”, entonces puedes confiar con toda seguridad que también en días venideros ¡Él desea hacer lo mismo!

    “¡Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos!” ¡Todavía no ha agotado su misericordia! “Él nos amó primero” (1 Jn.4:19), y hasta el final sigue profesando su amor libre e inmerecido, desde lo profundo de su corazón, hacia los que le pertenecen en este mundo. Este consuelo no abarca solamente nuestra breve y limitada existencia. No, desde la creación del mundo, a través de todos los siglos, siempre estuvo la misma gracia y poder de nuestro Señor Jesucristo. “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”.

    Así como en el pasado ha convertido pecadores, y les ha perdonado aun transgresiones muy detestables y graves, también en el presente hará lo mismo con nosotros. Si a una famosa pecadora, que lloraba arrepentida a sus pies le dijo: “¡Tu fe te ha salvado, ve en paz!” (Lc.7:50); si a Saulo de Tarso, que había sido “blasfemo, perseguidor, e injuriador” le concedió pleno perdón y le dio el apostolado (1 Ti.1:13); y si a David, quien después de haber disfrutado inmensas bendiciones cayó en abominables pecados, le permitió recuperar la gracia y le concedió el perdón… entonces podemos creer que la gracia de Cristo, nuestro Señor, no tiene fin; y que Él aún desea perdonar todas las transgresiones, a todos los que lo invocan.

    Sí, cuando vemos cómo nunca se impacientó con las debilidades de sus discípulos, y aunque los siguió reprendiendo y corrigiendo, jamás los repudió, podemos estar seguros de que tampoco nunca se cansará de apiadarse también de nosotros. Y al recordar lo dispuesto que estaba para escuchar una oración, aunque fuese tan sólo por tocar su manto, podemos confiar que también ahora escucha nuestras oraciones, por más breves que fuesen.

    ¡Qué maravilloso es que Jesucristo siga siendo así todavía hoy! Que Él sea siempre “¡el mismo, ayer, y hoy, y por los siglos!” Recordar esto es un fuerte estímulo para nuestra fe. Y cuando los tiempos cambian, y surgen tempestades, y todo a nuestro alrededor se torna oscuro… el cristiano puede decir confiadamente: “¡Roca de la eternidad… a tu sombra descanso y encuentro mucho alivio!

    Oh Señor Jesucristo: Tú eres mi fortaleza y mi Redentor; mi Dios y mi consuelo. “Tú eres siempre el mismo, y tus años no se acabarán” (Sal.102:27).

    Publicado por editorial El Sembrador