1.Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios.Ro.13:1
Todo el que quiera respetar la Palabra de Dios tiene que saber que su deber es mostrar hacia sus autoridades, humildad, reverencia, obediencia y fidelidad. El apóstol Pablo escribió esto a los cristianos que estaban en Roma, quienes estaban bajo el poder de autoridades paganas. Si no hubiesen respetado esta amonestación apostólica, y hubiesen seguido sus propias ideas, no habrían llegado a saber que por causa del Señor, debían prestar obediencia inclusive a un tirano como el emperador Nerón. Seguramente habrían creído que lo que les correspondía hacer a los cristianos, era ayudar a derrocarlo ni bien se presentara una oportunidad. Sabemos que los judíos se rebelaron en varias ocasiones contra el poder romano. Por eso, el apóstol creyó necesario utilizar palabras tan categóricas al tratar este tema.
Si hasta los cristianos de Roma fueron instruidos a estar sujetos a sus autoridades paganas, que lamentable que cristianos como nosotros, que en estos últimos tiempos tenemos derechos constitucionales y libertad de expresión, alcemos nuestras voces contra nuestras autoridades de manera irrespetuosa y con actitudes totalmente contrarias a la humildad. Todos los cristianos tienen que pensar al respecto y no dejarse arrastrar por la manera de ser de los incrédulos. Los apóstoles amonestaron más de una vez sobre este tema. “Por causa del Señor someteos a toda institución humana, ya sea al rey, como a superior, y a los gobernadores como por Él enviados, para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen el bien” (1 P.2:13-14).
“Recuérdales que se sujeten a los gobernantes y autoridades, que obedezcan, que estén dispuestos a toda buena obra” (Tit.3:1). De esa manera, con estas claras palabras han sido definitivamente expresadas nuestras obligaciones hacia nuestras autoridades.
Pero lo que el apóstol dice en la segunda parte del versículo, nos parece extraño: “Porque no hay autoridad sino de parte de Dios”. Esta es la razón principal por la cual hemos de estarles sujetos. Pero, ¿cómo se entiende que todas las autoridades son de Dios? Muchas veces no son cristianas y son malas. Si pensamos que Dios tiene que tolerar todo lo que sucede, no hemos interpretado ni comprendido correctamente. Porque incluso las autoridades impías pueden ejercer altos cargos, si Dios se lo permite. No puede decirse que lo que Dios tolera no provenga de Él. Precisamente, el apóstol dice: Las autoridades que hay, “por Dios han sido establecidas”.
Tampoco es correcto decir que el oficio de gobernar fue establecido por Dios, pero que los cargos pueden ser ocupados por personas que Dios no quiere. El apóstol dice claramente que “las autoridades que hay, por Dios han sido establecidas”. De esa manera dice que los gobernantes también, no sólo los cargos, son de Dios. Es cierto y vale la pena recordar que el oficio en sí ha sido establecido por Dios. Existió en los tiempos de los patriarcas y se alude a él en el Cuarto Mandamiento de la Ley de Dios. Y fue confirmado también por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por cierto, la institución del gobierno en sí viene de Dios y es un don suyo. Pero en nuestro texto hay algo más aún, pues dice: “Las autoridades que hay, por Dios han sido establecidas”.
¿Cómo podemos entender esto ya que las autoridades muchas veces son impías y malvadas, y Dios siempre odia el mal? Debemos entenderlo del mismo modo que otros juicios de Dios. Sus ordenanzas son buenas, sabias y justas, más allá de que Él nos envíe algo bueno o malo en sí mismo. Hay un solo Dios Todopoderoso, y es el Juez Supremo de todo el universo. Nuestro Señor Jesucristo le hizo ver eso a Pilatos, el representante del imperio romano, diciéndole: “Ninguna autoridad tendrías sobre mí, si no te fuese dada de arriba” (Jn.19:11). Y refiriéndose al castigo que Pilatos le impuso, Jesús había anticipado a sus discípulos: “La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?” (Jn.18:11). Era “de arriba”, del Padre, de quien Pilatos recibió el poder para condenar al inocente Jesús.
Si tenemos buenas autoridades cristianas, es un don de la gracia de Dios. Y si son impías y malas, es una forma de castigo y purificación del mismo Santo Dios. En cuanto se refiere a nuestras autoridades, sólo tendríamos que ver a Dios y reverenciar sus juicios sobre nosotros. Y sus castigos son tan santos como las pruebas de su gracia. Por esta causa debemos respetar y obedecer a las autoridades que Él ha ordenado sobre nosotros. Cuando tenemos buenas autoridades, tendríamos que ver a Dios bendiciéndonos a través de ellas, y obedecerlas por causa de Él.
No importa si las personas que ostentan la autoridad son buenas o malas; el apóstol repite tres veces, en el capítulo 13 de su carta a los Romanos que “es servidor de Dios”. Aún las peores autoridades que puedan existir sobre una nación, son de Dios; y han sido enviadas para ejecutar su santa voluntad. Cuando Dios da a un pueblo autoridades malas, impías y tiranas, -o como dice por medio de Isaías: “Les pondré jóvenes por príncipes, y muchachos serán sus señores” (Is.3:4)-, sucede para castigar y azotar a la gente malvada y empedernida, y para los creyentes es una prueba.
Aunque los medios que un gobernante hubiese utilizado para llegar al poder hubieran sido ilegítimos, a pesar de ello él ha sido capaz de alcanzar el poder que tiene, sólo por la voluntad de Dios. Y, como dije, Dios lo usará para castigar o bendecir a la gente. Los que primero quieren examinar a las autoridades y verificar sus cualidades antes de obedecerlas, desechan el fundamento del deber de los ciudadanos hacia sus autoridades; es decir, la ordenanza del Todopoderoso Dios.