1.Ustedes, los que honran al Señor, ¡confíen en su misericordia! ¡No se desvíen del camino recto, para no caer! Eclesiástico (apócrifo) 2:7 ¿Cómo podemos honrar al Señor y confiar en Él? Conociéndolo verdaderamente. Así obtendremos de inmediato el temor de Dios y la confianza en Él. Si somos indiferentes respecto a Dios, es porque no sabemos ni creemos lo que Él es. Si realmente creemos lo majestuoso y poderoso que es; si llegamos a conocer su santo celo contra todo pecado, la veracidad de sus amenazas; cuán cerca está, y lo piadoso, perdonador y fiel que es… entonces lo honraremos y confiaremos en su misericordia. Podemos contemplar esas cualidades de Dios en sus actos y reconocerlas en la Palabra y la experiencia; además, Él nos ordenó muchas veces que lo honremos y confiemos en Él. Todo esto nos hace temer y confiar en Dios más que en ninguna otra persona o cosa fuera de Él, no importa lo terrible o poderosa que parezca. No hemos de temer absolutamente a nadie fuera de Dios. Y tampoco hemos de depositar nuestra confianza en nada y nadie más, no importa lo fuerte, excelente o confiable que parezca. No hemos de depositar nuestra confianza en otro que no sea Dios, así el Señor será nuestro único Dios. Y Él solo será el objeto del temor, la confianza y la adoración de nuestro corazón. ¿Cómo no temerle a nada ni a nadie fuera de Dios? ¡Existen tantas cosas terribles en la tierra! Uno tiembla con sólo pensar en ellas. ¡Cuánto mal pueden hacernos ciertos enemigos, fuertes y enfurecidos! Podemos morir en manos de un asesino, sufrir un accidente, perder la vista o el uso de la razón para el resto de la vida. Podemos ser contagiados con una enfermedad horrible e incurable, o ser fulminados por un rayo. ¡Cuántas cosas horribles podríamos agregar a esta lista! ¿Acaso no habríamos de sentir temor ante ellas? Sí, por supuesto todos los que no tienen al único Todopoderoso Señor y Redentor como su Dios, deben temer. ¿Creemos de todo corazón y tenemos presente que hay un Dios viviente, pensante, y todopoderoso viéndonos todo el tiempo? ¿Tenemos nuestros sentidos espirituales abiertos, para ver y creerlo? Entonces también tenemos que saber que ninguna de esas cosas terribles puede tocar siquiera un cabello de nuestra cabeza, a no ser que nuestro fiel y todopoderoso Padre celestial lo permita. El rayo, la enfermedad, el accidente, la muerte repentina etc. nos alcanzarán sólo si es su voluntad. Y si Él resolvió lo contrario, ninguna de esas calamidades nos podrá sobrevenir. Sólo si Él considera útil y necesario atribular momentáneamente tu corazón para que te arrepientas, permitirá que un dolor, una pérdida o la maldad de una persona te hieran, aflija o difame. Pero si quiere concederte paz y prosperidad, ninguna calamidad podrá dañarte. Recordemos cómo Jesucristo le contestó a Pilato: “Ninguna autoridad tendrías contra Mí si no te fuese dada de arriba” (Jn.19:11). O cómo habla David del malvado Simei: “Si es que él así maldice, es porque Jehová le ha dicho que maldiga a David” (2S.16:10). Y cuando Jeremías habla de las múltiples aflicciones que sufre el hombre, con expresiones como “desmenuzar bajo los pies…” y “torcer el derecho del hombre” pregunta: “¿Quién será aquel, que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno?” (Lm.3:37-38).
Cuando Satanás obtuvo permiso para afligir a Job, el Señor Dios le prescribió la exacta medida y el alcance de la prueba (Job.1:12; 2:6). Y el profeta Amós pregunta expresamente: “¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho?” (Am.3:6). Y el propio Señor da la explicación: “…para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que Yo; Yo Jehová, y ninguno más que Yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto” (Is.45:6-7).
Quien no cree en este único Dios tiene mil cosas que temer en todos lados. Mira hacia un lado y hacia el otro y vive en perpetua angustia. Hoy teme una enfermedad, mañana la pérdida de sus bienes y la pobreza. Hoy teme que algún malvado le haga daño, mañana que un amigo lo traicione y abandone. Si llegan malas noticias, no puede sobreponerse ni le sirve la ayuda de otros; no sabe a quién acudir por ayuda. Éste es el justo castigo para los que no dejan que el todopoderoso Señor y Salvador sea su único Dios.
Por otro lado, ¡qué bendita seguridad y paz tiene el que, por obra del Espíritu Santo y mediante el Evangelio, cree en el todopoderoso Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo! ¡El único y todopoderoso Dios, que por medio de Jesucristo, también es nuestro fiel y bondadoso Padre!